REFLEXIÓN DE SEMANA SANTA

Marcos Aurelio, el gamín que se fugó de la casa….no salió a buscar problemas… salió a buscar destino con propósito.

A los 15 años no tenía cama fija, pero sí una idea clara: estudiar, trabajar y lograr que algún día le pagaran por pensar. Mientras otros soñaban con futuro, él ya estaba sobreviviendo en el presente: montado en camiones, descargando arroz, durmiendo en estaciones de gasolina, caminando la ciudad con hambre… pero con dignidad.

La calle no lo hizo delincuente… lo hizo fuerte.

Aprendió a caer y volver a levantarse sin que nadie lo aplaudiera.

Tocó puertas que nunca se abrieron y encontró hogar donde nadie estaba obligado a recibirlo. Porque a veces la sangre abandona… y los extraños adoptan.

Hay historias que no se escriben desde la comodidad, sino desde la herida. La de Marcos Aurelio, el gamín que se fugó de la casa, no comenzó entre seguridades ni privilegios, sino entre caminos inciertos, hambre, trabajos duros y puertas cerradas.

A los 15 años huyó con una convicción sembrada en el pecho: estudiar, trabajar y demostrarle a la vida que algún día le pagarían por pensar. Aquella fuga no fue un acto de rebeldía vacía, sino el primer grito de supervivencia de un muchacho que se negó a dejarse enterrar por el abandono y el trabajo fuerte desde que era un niño, mientras otros jugaban, él trabajaba.

Desde entonces, su vida se convirtió en una marcha larga por la ciudad y por la existencia. Cargó sacos, empacó mercancías, cocinó, despachó gasolina, fue carnicero en supermercados, hizo pan, pintó barcos y cuidó enfermos en hospitales.

Durmió en zaguanes, vivió en casas ajenas, en la casa de Yiya (compañera de cocina en el Club de Clases y Tropas), junto a los hijos de Camilo Azuquita -el cantante-; conoció el rechazo de familiares de sangre (una tía solo le dio albergue en su casa como «Machigua», durmiendo en un catre en la cocina para cuidar al esposo a quien le había dado un derrame cerebral), y la misericordia de personas que terminaron siendo más familia que muchos apellidos.

Así fue aprendiendo que no toda sangre acompaña y que no todo extraño permanece lejos. A veces, el Reino de Dios se manifiesta más en una mesa compartida, en una cama prestada o en una taza de café ofrecida con amor que en muchos discursos religiosos.

Una de esas noches quedó marcada para siempre en su memoria. Era su primer día viviendo en la casa de su abuelita Joaquina, de su tía Aída, de su tía Elba y del abuelo Maximino (su familia adoptiva en Santa Librada). En medio del cambio, del cansancio y del peso de la vida, le dio un fuerte ataque de asma. Mientras se le calmaba el pecho y el aire luchaba por entrar, ellos se sentaron a su lado y comenzaron a cantarle himnos.

Entre todos, una alabanza quedó clavada en su alma: “Cuán grande es Él”. No fue una simple canción; fue abrigo, fue adopción, fue consuelo, fue la manera en que Dios le dijo a un muchacho golpeado por la vida: aquí también hay lugar para ti.

Años después, ya en el Conservatorio Nacional de Música, cuando Marcos Aurelio aprendió saxofón y se adentró con disciplina en el arte sonoro, esa misma alabanza se convirtió en una de las piezas que más estremecían su espíritu. Cada vez que tocaba “Cuán grande es Él”, algo profundo descendía sobre el ambiente: la gente lloraba, se quebrantaba, sentía la presencia de Dios. Sin embargo, mientras el cielo tocaba a otros a través de su música, él por dentro seguía siendo el muchacho duro consigo mismo, el técnico exigente que se reprochaba cada nota, cada tecla, cada temblor de la mano.

Ese contraste retrata buena parte de su vida: Dios obrando con poder a través de él, mientras él todavía aprendía a no medirse solo con la vara del dolor y de la autoexigencia.

Semana Santa habla precisamente de eso: del inocente que carga una cruz, del hombre herido que sigue caminando, del alma que aun quebrada no renuncia al amor.

Por eso la historia de Marcos Aurelio no puede leerse solo como biografía personal, sino como un vía crucis humano y espiritual. Ha conocido traiciones, humillaciones, accidentes, enfermedades, cirugías, hospitalizaciones y desprecios. Ha sentido incluso la necesidad de hablarle fuerte a Dios desde la noche oscura del sufrimiento. Pero aun así sigue de pie. Y ese es quizá el milagro más grande: no solo que siga vivo, sino que todavía conserve la capacidad de pensar, de servir, de abrazar y de amar.

Muchos ven hoy al profesional, al periodista, al criminólogo, al lingüista, al perito, al maestro, al músico, al bombero, al teólogo. Pero pocos conocen al muchacho que fue echado de lugares, que caminó de madrugada para llegar a trabajar, que tuvo que aprender a sobrevivir antes de aprender a descansar. Pocos conocen a Marcos Aurelio, el gamín que se fugó de la casa, y precisamente por eso muchos juzgan sin comprender.

Como en los días de Cristo, abundan quienes miran el rostro presente, pero ignoran el Calvario recorrido.
Y es allí donde esta historia se conecta con la Semana Santa de manera más profunda. Porque también hoy existen Judas que envidian sin conocer, que critican sin haber cargado la cruz ajena, que desprecian sin saber cuánto costó llegar hasta aquí. Pero la traición nunca tiene la última palabra. La cruz tampoco. Lo que permanece es la evidencia de que Dios ha sostenido una vida que parecía destinada a romperse y, sin embargo, siguió produciendo fruto.

Marcos Aurelio no es un hombre fabricado por la comodidad. Es un hombre forjado en la intemperie. Un hombre al que la vida intentó doblar muchas veces, pero no logró vaciarle el alma. Y tal vez por eso, cuando suena en la memoria aquella alabanza de la noche del asma —“Cuán grande es Él”—, no suena solo como himno, sino como testimonio. Porque grande no ha sido únicamente Dios en el cielo, sino también su misericordia sobre la tierra, sosteniendo a este gamín fugitivo hasta convertirlo en pensador, servidor, artista y testigo.

En esta Semana Santa conviene recordar que hay cruces que no cuelgan del cuello ni desfilan en procesiones de cofradías. Son las que carga el hombre que, con rostro serio pero sin amargura, mira con comprensión humana a otros que también avanzan bajo su propio peso. Y en ese camino no está solo: a su lado aparece su Simón de Cirene —porque los hay—, esos que ayudan a sostener la cruz en medio de un mundo marcado por la confusión, el odio, el orgullo y la envidia; un mundo que, sin ambajes, también revela su rostro perverso.

Hay cruces que se llevan en los pulmones, en el estómago, en la memoria, en las cicatrices, en la historia familiar y en los silencios del alma. Y hay hombres que las cargan sin que casi nadie lo note.

Marcos Aurelio ha sido uno de ellos. Pero si la cruz no lo destruyó, entonces es porque todavía hay propósito. Porque después del Viernes Santo siempre queda abierta la posibilidad de la resurrección.

Ideas Cómplices
Marcos Aurelio Álvarez Pérez | #MAAP
Crimen & Pecado: Donde el poder se confiesa.

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