«En Él vivimos, nos movemos y existimos” Hechos 17:28

Vida recibida, responsabilidad moral y el límite ético de la existencia humana

Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez -MAAP Periodista | Criminólogo | Lingüista | Bombero Profesional | Perito Forense Experto en Análisis de Imagen y de Contenido | Músico Saxofonista | Pastor Callejero del Ghetto | @amaapchino                   Sello editorial: Ideas Complices

Hay versículos que uno comprende con la razón y otros que acompañan toda la vida. «Porque en Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos de los Apóstoles 17:28), versículo que pertenece, para mí, a este segundo grupo. Lo leí a temprana edad y, aunque entonces no alcanzaba a dimensionarlo plenamente, dejó una huella silenciosa. Con los años, las pérdidas, la experiencia y la fragilidad a cuestas, comprendo que no fue un texto aprendido: fue una verdad sembrada.

El Dios invisible que dijo habitar en la oscuridad no se encuentra solo “en el cielo”, sino en la trama misma de nuestra existencia.

En las últimas semanas este versículo ha vuelto con fuerza, no como idea teológica, sino como sostén existencial. Especialmente después de dos experiencias hospitalarias recientes, donde el cuerpo, la mente y la fe se enfrentan a límites que no se negocian.

Hay espacios que no necesitan palabras para hablar de vulnerabilidad: lugares fríos, impersonales, donde el silencio sugiere finitud y la espera se carga de incertidumbre. La memoria de esos lugares regresa a veces sin permiso.

En medio de esas recurrencias, este versículo ha operado como ancla. Me ha recordado algo que solemos olvidar cuando oramos: no buscamos a Dios porque esté lejos, ni porque habite únicamente en una altura inaccesible. El Dios invisible que dijo habitar en la oscuridad no se encuentra solo “en el cielo”, sino en la trama misma de nuestra existencia. Este texto nos recoloca: todo nuestro organismo, cada célula, cada impulso neuronal, cada respiración, existe en Él, por Él y para Él. No somos cuerpos funcionando en un vacío, ni conciencias suspendidas al azar.

Desde ahí, la afirmación paulina no es una fórmula devocional ni una licencia poética; es una declaración ontológica que redefine la relación del ser humano con la vida, la acción y el ser. Pronunciada por Pablo en el Areópago, dialoga con la cultura de su tiempo para reordenarla bajo una verdad más profunda: la existencia humana no es autónoma, sino dependiente. Dios no es parte de la creación; es el fundamento del ser.

La creación existe en dependencia de Él

En Él vivimos: la vida como don

Vivir no es una conquista individual ni una posesión absoluta.

El aliento, la conciencia y la continuidad vital son recibidos, no producidos por el sujeto. Esta verdad funda la dignidad humana y cuestiona toda pretensión de soberanía total sobre la vida. Desde lo social, impide jerarquizar vidas como si algunas valieran menos que otras; desde lo ético, recuerda que la vida no se explica desde el yo, sino desde aquello que la posibilita.

Nos movemos: acción, voluntad y responsabilidad

El segundo verbo introduce el ámbito de la acción: decidir, actuar, orientar la conducta. El dinamismo humano —pensar, elegir, errar— no ocurre fuera del marco que Dios sostiene. Esto no convierte a Dios en autor del mal, pero sí niega la existencia de una zona moralmente neutra donde el sujeto pueda evadir responsabilidad.

Desde la criminología, esta afirmación es decisiva: el contexto condiciona, pero no sustituye la voluntad. La acción sigue siendo imputable porque es acción del sujeto.

Existimos: el ser mismo es sostenido

El tercer verbo va más allá de la vida biológica y de la acción moral: apunta al ser mismo. La identidad, la continuidad y la presencia en la realidad no se autofundamentan. Si el sostén último se retirara, no habría transición ni agonía: simplemente dejaríamos de ser. Aquí se cierra toda ilusión de impunidad ontológica. Puede existir impunidad legal o prescripción penal; no hay impunidad en el orden del ser.

El límite ético: la vida no es disponible

Desde esta progresión se comprende con claridad la enseñanza apostólica: «El que destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo» (Primera carta a los Corintios 3:17). Este pasaje no introduce una amenaza religiosa, sino un límite ontológico y ético. El “templo” no es solo un edificio; es la vida misma, habitada por el Espíritu. Por eso, la vida humana no es un bien disponible a voluntad. Al no pertenecernos en origen, no puede ser legítimamente anulada por decisión propia.

Este enfoque no niega el dolor ni trivializa el sufrimiento. Tampoco reduce la complejidad de las crisis humanas. Afirma algo más hondo y exigente: atentar contra la vida —propia o ajena— es una ruptura del orden del ser, porque la existencia no se posee, se recibe. La respuesta bíblica, por tanto, no es la condena ligera, sino la afirmación radical del valor inviolable de la vida y la necesidad de cuidado, acompañamiento y responsabilidad.

Consecuencia ética y social

Si vivimos, actuamos y existimos en Dios, nadie puede alegar neutralidad moral. De ahí que el discurso de Pablo culmine en el llamado al arrepentimiento: no como acto piadoso, sino como reordenamiento del ser.

Vivir dentro de Dios ignorándolo no es simple desconocimiento; es una fractura consciente entre existencia y sentido.

Este texto no consuela primero; desestabiliza. Pero al hacerlo, rescata al ser humano del absurdo. Nos quita la ilusión del control absoluto y nos devuelve algo más verdadero: sentido, responsabilidad y límite. No somos dueños de nuestra vida, pero tampoco estamos abandonados. Todo ocurre dentro de un marco mayor que sostiene incluso aquello que pretende negarlo.

“Mi queja contra Dios”, fundamento bíblico explícito (1 Timoteo 1:12)

Lectura criminológica, denuncia teológica, y cierre con autoridad moral.

Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez / #MAAP  I Periodista | Criminólogo | Lingüista | Perito Forense Experto en Análisis de Imagen y de Contenido I Pastor Callejero del Ghetto | Músico I Bombero de Profesión no ‘Honorario»
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Sello editorial: Ideas Cómplices

Jeremías, Job, Asaf (Salmo 73) y Habacuc, también se quejaron contra Dios, sin por eso ser acusados de estar apartados del Señor Jesucristo: “He aquí, estos impíos, sin ser turbados del mundo, alcanzaron riquezas. ¿Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón?” (Salmo 73)

QUEJA CONTRA DIOS

Manifiesto criminológico desde la fidelidad postergada.

I. Mi queja nace de una promesa bíblica no cumplida en mi historia.

Esta es mi queja contra Dios. No nace de incredulidad, sino de haber creído demasiado pronto y demasiado en serio.

Desde niño recibí a Cristo con el corazón abierto, amé la Palabra antes de comprender la institución y dediqué mi juventud temprana al servicio, a la enseñanza y a la formación de otros.

Creí -con fe sincera- en lo que el apóstol Pablo escribió a Timoteo: “Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio” (1 Timoteo 1:12). Ese versículo fue una promesa viva para mí: fidelidad reconocida por Dios, no por hombres.Creí -con fe sincera- en lo que el apóstol Pablo escribió a Timoteo: “Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio” (1 Timoteo 1:12). Ese versículo fue una promesa viva para mí: fidelidad reconocida por Dios, no por hombres.

Pero en mi historia ocurrió lo contrario. No fui honrado; fui desplazado. No fui afirmado; fui empujado hacia los márgenes. No recibí cuidado pastoral; recibí silencios, calumnias y cartas de “recomendación” para irme, ofrecidas por el mismo pastor que antes me había puesto a servir. La fidelidad no produjo reconocimiento, sino desgaste. Esta contradicción entre la promesa bíblica y la experiencia concreta es el núcleo de mi queja: ¿cómo se sostiene la fe cuando la Palabra que se creyó no se encarna en la historia vivida? Tanto que siento que lo que recibí fue una pateada en mi trasero.

II. El escándalo moral: fidelidad castigada, caída celebrada

Desde una lectura criminológica y ética, el sistema religioso ha invertido la pedagogía moral. He visto cómo trayectorias de jóvenes marcadas por drogas, violencia, homicidio o delitos graves fueron rápidamente exaltadas como “testimonios”, “llamados” y “honrados por Dios”, una vez pagaron sus delitos en sendas cárceles de donde salieron supuestamente «Convertidos en Siervos de Dios»; mientras quienes perseveraron sin escándalos desde su adolescencia y juventud fueron relegados al olvido. No cuestiono el perdón; cuestiono la administración injusta del honor.

El mensaje implícito es devastador: la caída dramática vale más que la fidelidad silenciosa. Desde la criminología crítica, esto equivale a premiar la conducta disruptiva por su impacto simbólico y castigar la conducta normativa por su falta de espectáculo. El sistema no forma conciencia: administra relatos. Así, la gracia deja de ser transformación y se convierte en capital narrativo.

III. Falacia teológica y uso instrumental de la gracia

Aquí nace una de mis quejas más profundas contra Dios y contra la teología edificada en su nombre. La Escritura es clara: Dios levantó a hombres marcados por delitos graves. David cometió adulterio y encubrió un homicidio; Moisés asesinó a un egipcio y huyó como fugitivo; Pablo persiguió, encarceló y consintió la muerte de los primeros creyentes. Rahab fue redimida desde la prostitución; y Betsabé la adúltera  fueron incorporada a la línea mesiánica tras un acto de abuso y sangre. Y aun así, el Dios invisible los levantó y los usó.


Pero la misma Biblia no oculta las consecuencias. David pagó con violencia en su casa, muerte de hijos y humillación pública. Moisés nunca entró a la Tierra Prometida. Pablo vivió perseguido, golpeado y murió ejecutado. La gracia no anuló la responsabilidad, ni convirtió el delito en mérito espiritual. La falacia consiste en presentar la caída como credencial y la redención como espectáculo. Cuando la gracia se instrumentaliza, deja de sanar y se vuelve coartada espiritual.

IV. La mercantilización de la fe y la traición del Evangelio

Ante mis ojos, la sana doctrina fue desplazada por el mensaje de la súper prosperidad, tal como advirtieron las Escrituras: “por avaricia harán mercadería de vosotros” (cf. 2 Pedro 2). Hoy, a muchos pastores no les interesa el alma de la oveja, sino su capacidad de aportar. Visitan al rico, se postran ante el millonario y lamen los pies del poder por amor al diezmo y a la ostentación. Al pobre, al herido, al que vive en la calle, no lo miran.

2026 años, en pleno siglo XXI, proliferan los autodenominados “apóstoles”, más numerosos que en tiempos de Jesucristo, a quien Él llamó uno por uno. Presumen contactos e influencia, llenan estadios, venden esperanza empaquetada y reúnen en la misma tarima a políticos de gobierno y oposición, sabiendo que todos comen del mismo plato. La iglesia, alienada, teme más hablar contra el pastor que traicionar el Evangelio. Se invoca “no tocar al ungido” mientras se ignora que Dios ya había desechado a Saúl por consultar hechicerías y no al Señor.

Mensaje Enfatizado:

«La iglesia, alienada y temerosa, ha dejado de obedecer el mandato bíblico de probar los espíritus. Se le enseñó a no cuestionar al pastor, a no “tocar al ungido”, citando el episodio de David y Saúl, aun cuando Dios ya había desechado a Saúl por consultar hechicerías y no al Señor. Se confunde autoridad con impunidad, unción con intocabilidad, y obediencia con silencio cómplice. Así, se protege al sistema y se sacrifica la verdad.

Este modelo —religioso, económico y simbólico— ha producido una fe domesticada, incapaz de discernir, temerosa de hablar y entrenada para sostener estructuras que niegan en la práctica al mismo Jesucristo que dicen predicar. Mi queja no es contra Dios; es contra la traición sistemática a su Evangelio, convertida hoy en industria, espectáculo y negocio».

Me he propuesto no colocar mis pies en un templo religioso cualquiera que sea su denominación sectaria.

Llamo secta a muchas congregaciones actuales porque la Iglesia de Jesucristo no es un edificio, ni una membresía, ni una franquicia religiosa, sino un cuerpo vivo esparcido por toda la tierra, compuesto por todos aquellos que creen verdaderamente en su nombre, están escritos en el Libro de la Vida, han sido lavados por el poder de su sangre y le invocan con un corazón sincero, apartándose del pecado. Todo sistema que sustituye esta verdad por ritual, dinero, jerarquía o espectáculo deja de ser iglesia y se convierte en estructura sectaria.

El apóstol Santiago lo dejó sin ambigüedades: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Santiago 1:27). Cuando una congregación ignora al pobre, desprecia al herido y se postra ante el rico, puede usar el nombre de Cristo, pero ya no camina en su Espíritu.

V. Criminología del silencio y violencia simbólica

Este modelo produce violencia simbólica: no deja marcas visibles, pero erosiona identidad, vocación y sentido. Castiga al que persevera y recompensa al relato rentable. Desde la criminología, es un sistema que normaliza la injusticia moral, confunde autoridad con impunidad y obediencia con silencio cómplice. No es un error aislado: es un patrón estructural.

En el 2025, he estado hospitalizado con riesgo real de muerte: 65 días continuos entre cuidados intensivos y semi-intensivos, y luego, en noviembre de 2025, otros diez días más por una nueva complicación —una colección fecal abdominal de 8 cc— que volvió a poner mi vida en peligro. Todo esto fue de conocimiento público dentro del entorno eclesiástico, porque existía un grupo “élite” de oración compuesto por pastores de renombre y personas económicamente acomodadas e influyentes que oraban diariamente por mí; sin embargo, ninguno —ni el líder evangélico más visible del país, ni su esposa, ni pastores asistentes— tuvo la mínima humanidad de visitarme, aun cuando jamás prohibí visitas ni reclamé presencia alguna. Permanecí largos períodos sin poder comer ni beber por boca, sostenido por catéteres, en silencio, sin exigir amor, sin pedir validación, dejando que todo fluyera. Si antes amaba la soledad y despreciaba la presencia humana, hoy la abrazo como refugio consciente frente a una presencia humana tóxica que aprendí a rechazar; y aunque suene duro, aborrezco el falso cristianismo que predica con la boca lo que niega con la vida.

A esos les recuerdo las palabras de Jesucristo: “Hagan lo que dicen, pero no hagan lo que hacen”, porque ahí quedó expuesta la distancia entre el discurso religioso y la compasión real, entre la oración pública y la misericordia concreta.

Mateo 23:2–3
“En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos.
Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen.”


Clave del texto


Jesús establece una distinción ética y espiritual entre:


1. La verdad que se proclama (puede ser correcta),
2. Y la conducta de quien la proclama (puede ser hipócrita).
3. No legitima la hipocresía, la desnuda.
4. No invalida la Palabra, condena al mensajero incoherente.

VI. Cuerpo herido, fe cansada, conciencia intacta

Mientras los impíos prosperan —como denunciaron los profetas—, a mí me ha tocado el quirófano una y otra vez. No lo nombro como castigo divino, sino como fragilidad humana sostenida en silencio. La fe no inmuniza contra el dolor, y Dios no siempre explica su demora. Si el cuerpo vuelve a ser probado, no busco honores tardíos, sino cerrar los ojos, de una vez y para siempre -una vez entre la anestesia a mi cuerpo – dormir para siempre con la conciencia limpia: no vendí mi voz, no trafiqué con el daño, no convertí el dolor para publicar.

VII. Declaración final

Esta es mi queja contra Dios y contra el sistema que habla en su nombre.
No creo en jerarquías que se legitiman desplazando a los fieles.
No creo en espiritualidades que glorifican el pasado criminal y desprecian la perseverancia ética.
Pero sí creo en la verdad.
Sí creo en una fe sin templo cuando el templo falla.
Sí creo en una ética que no negocia.

Y como criminólogo afirmo:
cuando un sistema honra al delito redimido y castiga la fidelidad persistente, ha perdido autoridad moral.

1. Esta queja no es apostasía; es honestidad.
2. No es odio; es cansancio con conciencia.
3. No es renuncia a Dios; es denuncia de quienes lo usan.

Marcos Aurelio Álvarez Pérez / #MAAP
Periodista | Criminólogo | Lingüista | Perito Forense Experto en Análisis de Imagen y de Contenido I Pastor Callejero del Ghetto | Músico I Bombero de Profesión no ‘Honorario»
@amaapchino
Sello editorial: Ideas Cómplices

Leer en:
https://maapchino10.com/2025/10/28/inflamacion-intestino-y-mente-cronica-de-un-cuerpo-que-se-nego-a-morir/

El imperio que amenaza: Estados Unidos, Donald Trump y la doctrina del saqueo moderno

La retórica de la seguridad y el uso del poder militar, económico y nuclear como instrumento de dominación

Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez – MAAP / Periodista, Criminólogo, Lingüista, Perito Forense Experto en Análisis de Imagen y de Contenido, Bombero y Músico

Así ocurrió con Nabucodonosor de Babilonia: gobiernó desde la soberbia, destruyó con su propia política y fue reducido a la condición de bestia hasta que reconoció que Dios gobierna sobre los reinos de los hombres. La caída no siempre es inmediata. Pero es inevitable. (Daniel 4)

Una lectura profética, criminológica y política

No estamos ante un hombre aislado, sino ante un sistema de poder que se engrandece a sí mismo. Desde la criminología del Estado y la lectura profética del libro de Daniel, este análisis expone cómo la soberbia política, la violencia institucional y el intervencionismo global conducen al colapso de los imperios que violan la ley que dicen defender.

Estados Unidos no atraviesa simplemente una crisis política: enfrenta una mutación del poder.

Bajo el liderazgo de Donald Trump, el ejercicio del gobierno se desplaza del marco constitucional hacia prácticas sistemáticas de fuerza, intimidación y control, tanto fuera como dentro de su propio territorio.

No se trata de excesos retóricos ni decisiones aisladas, sino de violencia estructural ejercida desde el Estado.

ICE y la criminalización institucional
Este patrón se expresa con claridad en el uso de agencias federales —en particular Immigration and Customs Enforcement (ICE)— que operan por encima del debido proceso, desconocen protocolos legales de los 51 Estados (50 Estados + DC) y ejecutan acciones coercitivas que fracturan familias, vulneran derechos civiles y criminalizan la pobreza y la migración.

No estamos ante fallas administrativas. Estamos ante un crimen político contra el propio Estado de derecho estadounidense.

La estrategia retórica y la guerra económica:

Desde el inicio de su política de guerra arancelaria, Donald Trump amenazó de forma directa a China, su principal competidor económico y tecnológico. Pero no se limitó a Pekín: extendió la presión a México, Canadá, la Unión Europea (especialmente Alemania y Francia), Japón, Corea del Sur, India, Brasil y Turquía.

Los aranceles se convirtieron en arma política, no para cooperar, sino para disciplinar aliados, castigar economías competidoras y forzar ventajas comerciales, transformando el comercio internacional en un campo de coerción geopolítica.

Escalada del conflicto: el patrón criminológico

Como ocurre con todo psicópata o sociópata, cuando la primera acción criminal no es detenida, cuestionada ni sancionada, la conducta no se corrige: se expande. La impunidad temprana valida el abuso y acelera la escalada hacia conflictos más amplios.

Trump ha escalado de la siguiente manera:

1. Venezuela: Control del petróleo mediante sanciones, bloqueos y supervisión del crudo.

2. Panamá: Amenazas al Canal y a la soberanía, pese a tratados vigentes.

3. Colombia y México: Narcotráfico usado como coartada de injerencia.

4. Groenlandia: Interés ártico por tierras raras y posición militar contra Rusia y China.

5. Irán: Retórica de presión y amenaza militar directa.

6. Cuba: Asfixia política y económica para forzar el colapso del régimen. De “Perla del Caribe” a ruptura estructural post-1959.

7. Canadá: Presión y apropiación estratégica bajo lógica de seguridad.

8. Gaza, Israel y el doble rasero jurídico:

El respaldo incondicional a Israel, aun frente a acusaciones de genocidio en Gaza, evidencia la quiebra ética del orden internacional. Mientras unos líderes son perseguidos bajo figuras como “narcoterrorismo”, otros —como Benjamín Netanyahu— son recibidos con honores pese a señalamientos formales ante la Corte Penal Internacional. Esto no es justicia internacional. Es administración selectiva del derecho penal global.

De la Doctrina Monroe a la “doctrina Donroe”

Donald Trump ha llegado a afirmar que ya no se trata de la Doctrina Monroe, sino de una supuesta “doctrina Donroe”: una deformación personalista que no existe en el derecho ni en la historia, pero que revela la intención de reapropiarse del viejo principio intervencionista bajo su propio nombre y voluntad, reforzando una visión unilateral del poder hemisférico.

Daniel 11: cuando la profecía describe sistemas

Daniel no describe solo a un hombre. Describe un modelo de poder que se repite: “Del Dios de sus padres no hará caso…ni del amor de las mujeres hará caso…honrará al dios de las fortalezas…y por precio repartirá la tierra.” (Daniel 11:37–39).

Desde esta perspectiva profética, Donald Trump opera así:

Primero, la mentira como método: la falsedad reiterada, la manipulación del relato y la distorsión de los hechos se han convertido en una práctica consuetudinaria. La mentira deja de ser un error para transformarse en herramienta de gobierno, rasgo que la tradición bíblica asocia directamente con el poder del adversario espiritual.

Segundo, la codicia elevada a doctrina. Bajo la retórica de “policía del mundo” y la herencia ideológica de la Doctrina Monroe, se justifica la intervención militar y económica sobre territorios ricos en petróleo, tierras raras y recursos estratégicos. No es defensa: es apropiación. No es seguridad global: es avaricia geopolítica.

Tercero, la vanidad y el orgullo desmedido. El reclamo simbólico del Premio Nobel de la Paz, la descalificación de otros liderazgos y hasta la apropiación caricaturesca de gestos culturales —como acusar a #NicolasMaduro de “imitar su baile”, como si incluso la expresión corporal fuese propiedad privada— revelan una obsesión por el yo, por la centralidad absoluta del ego.

Cuarto, la tentación de los reinos del mundo. Así como #Lucifer ofreció a #Jesucristo todos los reinos a cambio de adoración, este modelo de poder reclama para sí el derecho natural a dominar, decidir y repartir el mundo según sus intereses, tal como lo advierte Daniel 11:39: repartir la tierra “por precio”.

Conclusión: cuando el poder se vuelve ídolo:

No se trata de un insulto ni de una exageración política. Es una advertencia profética y criminológica: cuando un sistema no reconoce límites morales, convierte la fuerza en su dios y normaliza la violación del derecho, termina colapsando.

Daniel no habló solo del pasado.
Habló de estructuras que se repiten.
Y cuando la historia muestra los mismos rasgos, la conciencia crítica está obligada a nombrarlos.

Marcos Aurelio Álvarez Pérez / #MAAP
Periodista | Criminólogo | Lingüista | Pastor Callejero del Ghetto
Sello editorial: Ideas Cómplices

Carta de Marcos al niño Aurelio

Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez / MAAP; Criminólogo, Periodista, Lingüista, Perito Forense Experto en Análisis de Imagen y de Contenido, Bombero profesional, Músico y Pastor Callejero del Gueto

Niño Aurelio,
No te escribo para decirte que todo saldrá bien.

Te escribo para decirte que todo lo que pasó fue real, y que no estabas equivocado al sentirlo como lo sentiste.

Sé que tardaste en hablar hasta los seis años de edad. Sé que el mundo te llegó antes de que tu cuerpo estuviera listo para nombrarlo.

Sé que aprendiste a observar en silencio, a pensar antes de responder, a habitarte por dentro porque afuera todo era demasiado.

Sé de los dolores en el estómago cuando ibas a la escuela. De los retortijones que nadie entendía.

De esa sensación de caminar dentro de una burbuja, como si la vida estuviera a unos centímetros de distancia, pero separada por un vidrio invisible. No era debilidad. Era hipersensibilidad en un mundo que no sabía escuchar.

Sé que trabajaste cuando aún eras niño. Que entendiste las prioridades antes de entender el juego.

Que el cansancio te llegó antes que la infancia completa. Que aprendiste a cumplir antes que a pedir. No fue justo, pero fue lo que te tocó para sobrevivir.

Sé que a los dos años te dieron por muerto. Que tu cuerpo luchó cuando nadie apostaba por él. Que regresaste a la vida agarrado a una fuerza que no sabías nombrar, y que cuando despertaste rechazaste incluso a quien más te amaba: tu mamá, porque tu sistema aprendió a refugiarse en las manos de las enfermeras donde había calma, porque a ella no le permitían verte donde estabas aislados por varios meses. No fue frialdad. Fue instinto de conservación.

Sé que a los siete años saliste de tu cuerpo. Que viste desde arriba cómo te operaban. Que recuerdas tubos de Levin, luces, voces, y a tu abuela paterna peleando por verte adentro del quirófano.

Que tu cuerpo cerró solo porque no podía darse el lujo de infectarse. No fue imaginación. Fue conciencia temprana.

Sé que te fuiste de casa a los quince años. Y que al irte te nombraste con otro nombre.  Elegiste llamarte Marcos porque necesitabas un nombre que te sostuviera.
No abandonaste a nadie: te salvaste.
Y al salvarte, abriste el camino para llegar vivo hasta aquí.

Sé que tu familia a veces no entendió tu nombre, ni tu distancia, ni tu forma de amar. Pero tú sí supiste quién eras. Y eso fue suficiente para seguir.

Conozco tus dos rostros: el del obrero que resistió durmiendo entre zaguanes del Casco Antiguo y el del profesional que se levantó con estudio y conciencia,; que a la edad de 16 años te adoptaron dos familias, y hasta hoy te comunicas más con ellos, que con aquellos que te unen los lazos sanguíneos o familia extendida paterna y materna.

Sé de cada cirugía.
De cada golpe.
De cada injusticia.
De la violencia que no debió existir.

De los hombres poderosos que pasada la invasión a Panamá, el 20 de diciembre de 1989, y llegado  el 31 de enero de 1990,  creyeron que podían quebrarte el rostro, los dientes, tal quedó desfigurado tu cara,  y la historia a punta a una golpiza que te dieron  en tu lugar de trabajo hasta mandarte a accidentar siete días después, partiendo tu fémur de la pierna izquierda con fractura expuesta; cumpliendo así la promesa que hicieron el día de la golpiza: de que nunca jamás volverías a ejercer el periodismo, amenaza realizada el día que te golpearon en la entrada de una emisora, ubicada  en la avenida Porras. No lo lograron.

Sé que tu cuerpo ha sido campo de batalla. Intestinos, heridas, derrames de colecciones de heces, cirugías, reconexiones, hospitalizaciones. Y aun así sigues de pie. Conozco también tus depresiones y tus ansiedades, nacidas del cuerpo enfermo y del intestino herido.

A los sesenta años, con un rostro que no refleja derrota, sino coherencia.

Sé que puedes sentarte a hablar con un hombre de la calle, escuchar su historia, reírte, bromear, porque nunca dejaste de ser humano.
Porque el dolor no te volvió soberbio.
Te volvió comprensivo.
Sé que a veces lloras sin aviso.

Que el llanto llega caminando, leyendo un versículo, recordando una palabra de Dios dicha como madre, como nodriza. No te avergüences. Eso no es debilidad: es memoria corporal liberándose.

Hay personas como yo que no encajan porque no nacieron para encajar. Nacieron para resistir, observar y caminar con conciencia.

Esta es la Carta de Marcos al niño Aurelio: un acto de memoria, reconciliación e identidad. No para corregir el pasado, sino para honrarlo.

A los 60 años no cierro ciclos: depuro. Quito lo que sobra. Conservo lo esencial. Y sigo caminando ligero.

Marcos Aurelio Álvarez Pérez – MAAP
Ideas Cómplices
Crimen & Pecado: Donde el poder se confiesa

Reflexión: Mar rizada Cuando el mar ondula en tranquilidad, llevado por el viento

Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez – MAAP / Periodista, Criminólogo, Lingüista, Perito Forense Experto en Análisis de Imagen y de Contenido, Bombero, Músico, Pastor Callejero del Gueto

Pieza editorial – Ideas Cómplices | MAAP

Jehová cabalga sobre las olas

Vivo porque Dios lo permite,
pero hay días
en que el alma se sienta cansada
a la orilla del mundo.

No por falta de fe,
sino por exceso de realidad.
He visto demasiada miseria
convertida en espectáculo,
demasiado hambre ignorada,
demasiada vanidad celebrada
como si fuera virtud.

Unos no tienen pan,
otros lloran por una rayadura
en el metal pulido de su orgullo,
porque su Lamborghini
ya no refleja intacto
el rostro que se adora a sí mismo.
Y la Tierra gime.

No por falta de recursos,
sino por exceso de soberbia.
Mi espíritu, herido,
camina entre ruinas invisibles,
como si algo dentro de mí
hubiera muerto
de tanto mirar
sin poder cerrar los ojos.

Entonces llego al mar.
Y el mar no grita.
No acusa.
No presume.

El mar simplemente está.
Ondula suavemente,
como un pecho que respira paz,
como un salmo sin palabras
que solo se entiende en silencio.

Allí recuerdo lo que dice la Escritura:
“Jehová está sobre las muchas aguas; Jehová sobre las aguas impetuosas.” (Salmo 29:3).

Y también: “Más que el estruendo de las muchas aguas, más que las poderosas olas del mar, poderoso es Jehová en las alturas.” (Salmo 93:4).

Él cabalga sobre las olas
sin romperlas.
Gobierna sin violencia.
Reina sin ostentación.
No necesita ruido
para imponer su presencia,
ni riqueza
para afirmar su poder.

El mar me enseña
que Dios no habita en la vanidad,
sino en la profundidad.
Que aun cuando el mundo se pudre por arriba,
las aguas siguen obedeciendo
al Creador
y no al mercado.

Y mientras lo contemplo,
mi espíritu —que creí muerto—
no resucita de golpe,
pero respira.

Respira como el mar en calma.
Respira porque Dios sigue reinando
aunque los hombres se crean dioses.

Y eso,
solo eso,
me basta
para seguir viviendo un día más,
hasta que llegue el día
en que cierre mis ojos al tiempo
y los abra, por fin,
en la eternidad.

Firma editorial:
Marcos Aurelio Álvarez Pérez – MAAP
Ideas Cómplices

Panamá: etnografía cotidiana de una violencia normalizada desde el lenguaje hasta llegar a la criminalidad

Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez MAAP/ Criminólogo, Periodista, Lingüista, Perito Forense Experto en Análisis de Imagen y de Contenido, Bombero y Músico.

Fuente: Video descargardado de la página digital Difusión Panamá.

Para quien observa Panamá desde fuera —especialmente desde ciudades como Nueva York hasta Pekín y el mundo entero—, muchas de las escenas que circulan en videos virales de redes sociales pueden parecer exageradas, grotescas o incluso cómicas. Sin embargo, vistas desde dentro, esas expresiones no son caricaturas: son conductas diarias, lenguajes vivos y prácticas sociales normalizadas que revelan una crisis estructural profunda.

Panamá es, ante todo, un pueblo trabajador y esforzado. Hombres y mujeres que viven del día a día, que madrugan, resuelven y sostienen el país desde las capas sociales más bajas, muchas veces sin estabilidad ni reconocimiento. Ese esfuerzo cotidiano, sin embargo, convive con una fragilidad estructural: la dificultad para establecer prioridades de vida en un entorno marcado por la precariedad, la presión social y la exclusión simbólica. En épocas como las fiestas de fin de año, esta vulnerabilidad se intensifica bajo una falsa Navidad —la del consumismo y el materialismo— que impone la idea de que quien no compra, no exhibe o no aparenta, no vale o no existe. Allí comienza el problema de fondo: cuando el valor humano se mide por la capacidad de consumir, el sacrificio se vuelve insuficiente, la frustración se normaliza y se abren las puertas a dinámicas de endeudamiento, vicio y violencia que luego el propio sistema se apresura a condenar, sin reconocer su responsabilidad en haberlas producido.

Este artículo no nace del morbo ni de la indignación momentánea. Surge desde la observación directa, el análisis criminológico y la lectura etnolingüística de la calle, entendiendo el lenguaje como un indicador temprano de descomposición social.

El lenguaje muestra el problema; la criminología explica su permanencia.

Desde la etnolingüística, el lenguaje se entiende como una expresión viva de la cultura. Las palabras, jergas y modos de hablar revelan prácticas sociales, creencias y conductas aprendidas, convirtiéndose en una vía legítima para interpretar la identidad colectiva y las dinámicas cotidianas de una sociedad.

La observación etnolingüística permite identificar cómo el lenguaje cotidiano refleja y normaliza determinadas prácticas sociales, mientras que la observación criminológica explica las consecuencias de esas prácticas en la conducta colectiva. Las jergas violentas, los reclamos agresivos y las expresiones de desprecio no son simples excesos verbales, sino indicadores tempranos de entornos marcados por la desestructuración familiar, la irresponsabilidad económica y la omisión institucional. En este sentido, el lenguaje se convierte en una señal de alerta, y la criminología aporta el marco para comprender cómo esas expresiones se traducen en conflictos, violencia y reproducción de conductas delictivas.

En Panamá, la violencia no siempre inicia con el golpe o el homicidio; comienza mucho antes, en la economía doméstica disuelta, en la irresponsabilidad parental, en el uso del salario como combustible del vicio, y en una cultura del juega vivo que atraviesa todas las capas sociales.

1. Cultura del juega vivo y normalización del abuso social:

Cultura de la transgresión cotidiana “Cuando la transgresión se vuelve práctica diaria y socialmente aceptada, deja de percibirse como desviación y se transforma en norma cultural.”
— Robert K. Merton, Social Structure and Anomie (1938)


Desde una perspectiva criminológica, estas prácticas constituyen formas de violencia estructural de baja intensidad, toleradas por el Estado y reproducidas generacionalmente. Desde la etnolingüística, la jerga cotidiana —grosera, sexualizada, amenazante— no crea la violencia: la nombra, la anticipa y la legitima. El habla popular funciona como archivo social de frustraciones, desigualdades y abandonos institucionales.

Este texto analiza cómo la desestructuración familiar, el consumo desmedido, la corrupción normalizada y la inacción estatal se entrelazan en la vida diaria, produciendo pobreza moral, económica y simbólica. No se trata de estigmatizar a los sectores populares ni de absolver a las élites, sino de mostrar cómo un mismo patrón cultural se expresa tanto en el hogar como en la política, en la calle y en la administración pública.

Lo que sigue es una crónica analítica: dura, incómoda, pero necesaria. Porque una sociedad que se acostumbra a vivir del vicio, la charanga y la apariencia no está simplemente divirtiéndose: está incubando su propia violencia futura, mientras el Estado —por omisión o conveniencia— se convierte en productor de desigualdad, corrupción y pobreza estructural.

Panamá: crónica de una cultura del juega vivo sin pudor

Panamá arrastra una cultura profundamente arraigada que, en términos populares, muchos resumimos sin eufemismos como “vale pinga, cada quien hace lo que le da la puta gana”. No es una expresión gratuita: describe una ética social deteriorada donde, desde el más poderoso hasta el más insignificante en la escala social —sea rabi blanco o rabi pobre—, se atropella al otro sin culpa. Aquí no solo se pisa al prójimo: después se abre el abanico para que la mierda salpique a todos.

Este comportamiento se manifiesta en lo cotidiano y aparentemente inofensivo. Basta observar el tránsito: conductores más pendientes del celular que de la vía, manejando por el carril izquierdo a velocidad mínima, bloqueando el flujo porque están fornicando con el aparato en la mano. No es torpeza; es desprecio por el otro. La misma lógica opera en la política, donde el voto se vende por cinco sacos de cemento o unas láminas de zinc que ni siquiera salen del bolsillo del político, sino de depósitos públicos destinados a los más pobres.


La «cultura del juega vivo» también se camina. En aceras, centros comerciales y espacios públicos, la gente no respeta flujos ni direcciones. Familias completas se detienen en puertas, escaleras o pasillos a conversar, generando tranques humanos, y si alguien reclama, el problema no es el estorbo, sino quien se atreve a señalarlo. En las filas ocurre lo mismo: nadie quiere perder tiempo, todos intentan colarse con una falsa cortesía, cargando no lo básico, sino licor y cerveza pa’ gozaaa.

La irresponsabilidad parental es otro pilar de esta descomposición. Padres que engendran hijos con tres, cuatro o cinco mujeres y luego evaden pensiones alimenticias (no temen el Pelepolice) , como si su única función fuera derramar espermatozoides. Esos niños crecen sin sustento, sin estructura y sin futuro, y más tarde la sociedad se escandaliza al verlos convertidos en los mismos maleantes que hoy inundan las calles. No es casualidad: es una herencia social que se profundizó tras la invasión del 20 de diciembre de 1989 y se reprodujo generación tras generación.

2. El Estado como productor indirecto de criminalidad:
“El crimen no es solo resultado de decisiones individuales, sino de estructuras estatales que producen exclusión, desigualdad y abandono.”
— Loïc Wacquant, Punishing the Poor (2009).

Mientras tanto, las autoridades miran hacia otro lado. La natalidad en adolescentes es alarmante, pero nadie interviene seriamente. Taxistas hacen piqueras no para trabajar formalmente, sino para recoger menores sexualizadas prematuramente, y no se ven operativos reales ni coordinación institucional para cortar ese circuito de abuso normalizado. Todo se tolera, todo se deja pasar.

3. Corrupción estructural y reproducción de pobreza

“La corrupción institucional no solo roba recursos; roba futuro, reproduce pobreza y legitima la violencia como forma de acceso a bienes.”
— Eugenio Raúl Zaffaroni, En busca de las penas perdidas (2000)

4. El Estado como productor indirecto de criminalidad:
“El crimen no es solo resultado de decisiones individuales, sino de estructuras estatales que producen exclusión, desigualdad y abandono.”
— Loïc Wacquant, Punishing the Poor (2009).

La corrupción ya no se oculta ni siquiera en áreas sensibles como la salud. Las citas médicas se mercadearon, las cirugías se priorizaron según capacidad de pago, y algunos profesionales aprovecharon el sistema público para operar mientras captaban pacientes en la privada. En el Estado, los nombramientos responden más a caminatas políticas que a mérito. Personas sin competencia ocupan cargos técnicos, atienden mal al ciudadano y se sienten intocables porque “hicieron política”. Una auditoría de lenguaje, conducta y desempeño bastaría para evidenciar que la mayoría no pasa la prueba.

Lo mismo ocurre con las licitaciones públicas, los concursos por mérito y los contratos estatales: pareciera que todos tienen nombre y apellido antes de publicarse. Panamá es pequeño, pero su corrupción es tan grande que donde pongas el dedo sale pus. En zonas golpeadas por el narcotráfico, muchas familias viven directamente del crimen; la violencia no es un accidente, es un modo de vida aprendido.

5. Corrupción estructural y reproducción de pobreza

“La corrupción institucional no solo roba recursos; roba futuro, reproduce pobreza y legitima la violencia como forma de acceso a bienes.”
— Eugenio Raúl Zaffaroni, En busca de las penas perdidas (2000)

Lo más inquietante es que esta subcultura del juega vivo también se legitima desde ciertos espacios religiosos, donde el mensaje espiritual se reduce a una lógica transaccional: “dale a Dios para que Dios te dé”, «Pacta y sella la Palabra», «Siembra en buena tierra y cosecharás tu promesa» y falacias argumentativas como estas. Este discurso, presentado como fe, normaliza la codicia y la avaricia, y abre paso al orgullo y a la vanidad como signos de “bendición”. De ahí que muchos feligreses construyan su identidad espiritual desde la apariencia y el ribeteo de la vestidura, bajo la excusa de “vestirse para el Señor”, cuando en realidad buscan reconocimiento y estatus social. No es una novedad teológica: es la misma tentación del desierto, cuando se exige a Jesucristo que convierta piedras en pan para demostrar que es Hijo de Dios (“Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”). La corrupción simbólica nace precisamente allí, en la exigencia de ostentar y probar mediante lo visible. Desde la criminología del poder, estos dispositivos religiosos funcionan como mecanismos de legitimación moral que encubren prácticas de acumulación, jerarquización y control, debilitando la contención ética y reproduciendo una economía de la fe alineada con la vanidad que dicen combatir.

Cuando la fe se convierte en espectáculo y la bendición en demostración pública, el espacio religioso deja de ser contención ética y pasa a operar como un dispositivo de legitimación de la codicia. Desde la criminología cultural, esta distorsión no es inocua: normaliza la desigualdad, justifica la acumulación sin responsabilidad social y refuerza una pedagogía de la apariencia donde tener vale más que ser. Allí donde la espiritualidad se mide por lo visible, el poder se sacraliza, la crítica se silencia y la corrupción encuentra un lenguaje piadoso para reproducirse sin culpa.

El lenguaje que circula en los videos virales navideños no es exageración ni ficción. Es real. Como criminólogo y analista etnolingüístico de calle, conozco la jerga, los gestos, los tonos y los cuerpos que hablan. Frases como las siguientes no son cuentos; son escenas diarias: “¿Qué chucha me vas a estar escribiendo si no mandas la pensión, hijueputa?” “Mándame el Yappy ya, deja la huevazón, siempre un cuento, siempre sin plata.”

No es solo violencia verbal: es el reflejo de una sociedad cansada, rota y sin códigos compartidos. Panamá no enfrenta solo un problema económico o político; enfrenta una crisis moral, cultural y lingüística que explica mucho más de lo que los discursos oficiales quieren admitir.

6.  Desestructuración familiar como factor criminógeno

“La ruptura de la estructura familiar no es consecuencia del delito: es uno de sus principales factores generadores.”
— Edwin H. Sutherland, Principles of Criminology (1947

La jerga del sábado: dinero, vicio y violencia doméstica en Panamá

Hay una escena que se repite cada semana en Panamá y que explica mejor que cualquier informe oficial cómo se descompone la vida familiar y social. Es sábado. Muchas mujeres esperan que el marido o la pareja llegue con el salario semanal para ir al supermercado, cubrir lo básico, comprar comida, pagar deudas mínimas. Pero ese dinero rara vez llega completo, y a veces no llega en absoluto.

El patrón es conocido y tolerado: hombres que cobran en la construcción, en oficios manuales o en trabajos temporales y, en vez de volver a casa, se van directo a las casas de cita, al licor, a la charanga, a los amiguitos, a la parranda interminable. Dos días después aparecen pidiendo comida, perdón o sexo, con el bolsillo vacío y una lista de excusas gastadas. Es allí donde estalla la violencia. No nace de la nada: es consecuencia directa de una economía doméstica destruida por el vicio y la irresponsabilidad, ante la mirada pasiva de un Estado que conoce perfectamente esta dinámica y no la interviene.

7. Continuidad intergeneracional del conflicto doméstico

“Las mujeres que crecen en hogares violentos tienden a reproducir los mismos patrones discursivos y relacionales, no por elección, sino por aprendizaje estructural.”
— Salvador Minuchin, Families and Family Therapy (1974)
IV. Factores causales endógenos (internos a la sociedad)

La jerga que emerge no es invención; es habla viva, cotidiana, escuchada en calles, casas y chats: “¿Qué chucha me vas a estar escribiendo tú si no me das la pensión, hijueputa? Manda la plata de los pelados.”

La discusión escala rápido, alimentada por semanas, meses o años de abandono: “Esta verga se acabó porque tú andas con tu fokin huevazón;  que no te han pagado,
que te van a renovar contrato,
que te liquidaron, que fuiste al Ministerio del Trabajo…y siempre la misma history ‘k sopa contigo’, nunca hay plata. Chucha madre, estoy cabreada de esta huevazón.”

La exigencia no es un capricho; es supervivencia: “Mándame mi Yappy ya. Tú sabes cómo es esto. Donde tú llegues aquí sin ninguna real,
vas a ver la cuchillada que te voy a dar pa’ que dejes de ser maricón.”

El reclamo apunta directo al núcleo del problema:

“Siempre te gastas la plata con tus amiguitos, en la Bombonera, en la Bocatoreña, la Interiorana, en Dysnaty, en cantinas de calle K, calle J, por la Peatonal, en bares de Calidonia, El Chorrillo, San Miguelito, Panamá Oeste, y en cualquier esquina donde haya licor, música y parranda. Siempre es lo mismo: cerveza, rumba y calle, mientras la casa queda vacía. ¿O es que tú te casaste con tus amigos o es que te gusta el pipí?”

La escena se vuelve aún más cruda cuando se mezcla el chantaje afectivo con la economía rota: “Aquí estoy yo, de chuchona. Ven, ven…que cada vez que te la doy no me das plata, pero sí tienes pa’ tu feeling, tu marihuana y fumá con tus amiguitos, cuecón.”

Este intercambio no es anecdótico ni marginal. Es consuetudinario. Resume una cultura donde el dinero se diluye en el vicio, la paternidad se evade, la violencia intrafamiliar se normaliza y las autoridades miran hacia otro lado. Después, el mismo sistema se escandaliza por los golpes, los cuchillos, los femicidios y los niños que crecen sin estructura.

Como criminólogo y analista etnolingüístico de calle, afirmo que el lenguaje no crea la violencia: la delata. La jerga revela una sociedad sin prioridades, donde el salario no se planifica, la responsabilidad no se asume y el conflicto se resuelve a gritos, amenazas y golpes.
Panamá no tiene solo un problema económico.

Tiene un problema cultural, doméstico, lingüístico y moral, que se repite cada sábado, cada quincena y cada generación, mientras el Estado finge sorpresa y el país sigue girando sobre el mismo círculo de miseria y violencia.

8. Anomia y pérdida de referentes éticos

“Cuando una sociedad deja de ofrecer normas claras y alcanzables, los individuos recurren a cualquier medio disponible para sobrevivir.”
— Émile Durkheim, The Division of Labor in Society (1893)
V. Factores causales exógenos (Estado, economía y poder).

Este artículo no pretende dictar moral ni repartir culpas individuales. Pretende hacer visible una normalidad violenta que muchos prefieren llamar costumbre. Nombrar la realidad no la crea; silenciarla sí la perpetúa.

Cuando la maldad se normaliza y la fe es puesta a prueba


Una lectura teológica de las crisis del mundo y las señales del tiempo


Un mundo que repite el mismo esquema

Misterio cristológico: Cristo es el Juez justo, pero también el Redentor fiel. Su venida prueba la fe, no para destruirla, sino para revelar lo verdadero.

Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez, Criminólogo, Periodista, Lingüista, Perito Forense Experto en Análisis de Imagen y Contenido, Bombero y Músico, Pastor Callejero del Gueto

Esperanza

“Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca.” (Lucas 21:28)

Este análisis no nace del miedo ni de la especulación apocalíptica, sino del discernimiento bíblico. Jesucristo no llamó a su pueblo a esconderse, sino a levantar la mirada, volver a Dios con fe y vivir con responsabilidad espiritual, ética y social. La Escritura es clara: el que es de Dios no practica el pecado, sino que se aparta de él como evidencia de una fe viva

La historia humana no avanza en línea recta; se repite por ciclos. Imperios surgen y caen, economías colapsan, guerras se reciclan con nuevos nombres, y la humanidad vuelve una y otra vez a los mismos errores, aunque con tecnologías más sofisticadas y consecuencias más letales. Hoy vivimos un escenario global marcado por conflictos geopolíticos recurrentes, crisis económicas estructurales, desigualdad creciente, carrera armamentista, control tecnológico, y una pérdida progresiva de referentes éticos.

Este patrón no es nuevo. La Escritura lo describe como un tiempo donde el desorden moral precede al colapso social: “No hay paz para los malos, dijo Jehová.” (Isaías 48:22)

La Biblia no presenta las crisis como simples accidentes históricos, sino como síntomas de una ruptura espiritual más profunda. Cuando Dios es desplazado del centro, el poder, la economía y la violencia ocupan su lugar.

Cristo permanece como el amor encarnado, aun cuando el mundo se endurece. Él sostiene a los que no negocian su fe.

Y oiréis de guerras y rumores de guerras… pero aún no es el fin.” (Mateo 24:6)

Clave teológica
Las guerras son señales, no decretos finales. Jesús prohíbe explícitamente el pánico religioso.

Enfoque espiritual y pastoral
El creyente discierne los tiempos sin perder la paz. El miedo no es señal de madurez espiritual.

Misterio cristológico
Cristo es el Príncipe de Paz, incluso en contextos de conflicto global.

Las señales no buscan curiosos, sino conciencias despiertas

Jesucristo fue claro al advertir que los acontecimientos del mundo no debían interpretarse con pánico ni con indiferencia, sino con discernimiento: “Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis… pero aún no es el fin.” (Mateo 24:6)

Las señales no son el fin en sí mismas; son alertas. No llaman a especular fechas, sino a examinar la fe, la conducta y la coherencia espiritual.

Por eso Jesús formula una de las preguntas más inquietantes del Evangelio: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18:8)

No pregunta si habrá religión, templos o discursos espirituales, sino fe auténtica, aquella que resiste cuando el mundo se oscurece.

La esperanza cristiana no está en sobrevivir eventos, sino en permanecer en Cristo

La normalización del mal y el enfriamiento del amor

La Escritura identifica con precisión el núcleo del problema: “Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará.” (Mateo 24:12)

El mal no destruye primero por su existencia, sino por su normalización. Cuando la violencia, la injusticia, la corrupción y la mentira se vuelven paisaje cotidiano, el corazón humano se endurece. El amor no desaparece: se enfría.

Este enfriamiento produce:

– indiferencia ante el dolor ajeno,

– selectividad moral (condenar a unos y justificar a otros),

– pérdida de compasión,

– y una fe que se acomoda al sistema.

En tiempos de confusión, la fe auténtica se reconoce no por el ruido, sino por la coherencia.

Cristo: el misterio revelado en medio del caos

La Escritura enseña que el centro del tiempo no es el caos, sino Cristo: “El misterio que había estado oculto desde los siglos… que es Cristo en vosotros, esperanza de gloria.” (Colosenses 1:26–27)

Cristo no es solo figura histórica; es criterio, luz y esperanza.
Cuando el mundo se endurece, Él permanece como el amor encarnado, sosteniendo a quienes no negocian su fe.

El juicio que comienza por casa

Frente a este escenario, la Escritura introduce un principio incómodo pero necesario: “Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios.” (1 Pedro 4:17)

El juicio no comienza en el mundo secular, sino en quienes dicen creer.
Israel, como casa del pacto, y la Iglesia, como cuerpo de Cristo, son llamados primero a rendir cuentas: doctrina, liderazgo, ética, uso del poder y mercantilización de la fe.

Dios no purifica al mundo saltándose a su pueblo. La corrección es señal de pertenencia, no de rechazo.

Fe verdadera y ruptura con el pecado

La fe bíblica no es solo confesión verbal, sino transformación:

“Todo aquel que es nacido de Dios no practica el pecado… porque es nacido de Dios.” (1 Juan 3:9)

Este texto no habla de perfección humana, sino de dirección espiritual. El que es de Dios no hace del pecado su estilo de vida, no lo justifica ni lo convierte en norma.

En tiempos de confusión, la fe auténtica se reconoce no por el ruido, sino por la coherencia.

Cristo: el misterio revelado en medio del caos

La Escritura enseña que el centro del tiempo no es el caos, sino Cristo: “El misterio que había estado oculto desde los siglos… que es Cristo en vosotros, esperanza de gloria.” (Colosenses 1:26–27)

Cristo no es solo figura histórica; es criterio, luz y esperanza. Cuando el mundo se endurece, Él permanece como el amor encarnado, sosteniendo a quienes no negocian su fe.

Un solo pueblo: el misterio revelado

Carta a los Efesios
“Porque él es nuestra paz,
que de ambos pueblos hizo uno,
derribando la pared intermedia de separación.” (Efesios 2:14)

Clave cristológica
No se trata de sustitución, sino de reconciliación en Cristo.
Ni Israel sin Cristo, ni Iglesia sin la raíz: uno solo en Él.

El remanente de Israel
Carta a los Romanos

Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia.” (Romanos 11:5)

“Y así todo Israel será salvo.”
(Romanos 11:26)

Clave doctrinal
No todo Israel, sino un remanente.
No por obras, sino por gracia. No separado de Cristo, sino integrado en Él.

«Escucharé lo que hablará Jehová Dios; porque hablará paz a su pueblo… para que no se vuelvan a la locura.”
(Salmo 85:8)

Dios no habla pánico, habla paz.
Las señales llaman al arrepentimiento, no a la histeria. El que es de Dios se aparta del pecado y vive con reverencia, fe y sobriedad.

Escucharé lo que hablará Jehová Dios; porque hablará paz a su pueblo y a sus santos, para que no se vuelvan a la locura”. Salmos 85:8 “

CONCLUSIÓN ESCATOLÓGICA: GEOPOLÍTICA, MILITAR Y CIENTÍFICA

«Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará.”
(Daniel 12:4)

La aceleración científica, tecnológica y militar no es casual. Vivimos: una carrera armamentista sin precedentes, avances médicos que prolongan la vida, tecnologías que alteran la relación entre vida, muerte y sufrimiento.

Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará.”
(Daniel 12:4)

“En aquellos días los hombres buscarán la muerte, pero no la hallarán.” (Apocalipsis 9:6)

Esto no debe leerse como fantasía, sino como advertencia: la ciencia sin ética, el poder sin Dios y la tecnología sin límite no redimen al hombre, solo revelan su fragilidad.

Las señales no anuncian el fin inmediato, sino el tiempo de decisión. Jesucristo sigue llamando:
Levanten la mirada.”

No para huir del mundo, sino para volver a Dios, vivir en fe, apartarse del pecado y caminar con esperanza hasta que Él se manifieste.

Antisemitismo armado: un crimen que el mundo no puede normalizar sin volverse cómplice

Cada vida inocente cuenta. En Israel, en Gaza o en cualquier lugar del mundo, la sangre del civil clama justicia y paz, no venganza. MAAP

Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez / Criminólogo, Periodista, Lingüista, Perito Forense Experto en Análisis de Imagen y Contenido, Bombero, Músic, Pastor Callejero del Gueto

Janucá recuerda que la luz vence a la oscuridad. Ningún odio, ninguna bala y ningún fanatismo podrán apagar la dignidad de la vida humana. MAAP

El reciente tiroteo en Sidney Australia, ocurrido mientras ciudadanos judíos celebraban la festividad de Janucá, vuelve a encender las alarmas sobre el resurgimiento del antisemitismo armado y la expansión del terrorismo ideológico. Atacar civiles en un contexto religioso no es un hecho aislado: es una señal grave de radicalización global y una amenaza directa a la convivencia, la libertad de culto y la vida humana.

Atacar civiles en un acto de fe no es protesta ni resistencia: es terrorismo. La violencia contra el inocente profana lo sagrado y hiere a toda la humanidad. MAAP


El ataque es condenable, alarmante y moralmente inaceptable. La violencia ejercida contra personas reunidas en un acto de fe no solo vulnera derechos humanos fundamentales, sino que profana lo sagrado, convierte la religión en objetivo militar y profundiza una narrativa de odio basada en la deshumanización del otro. Cuando la fe es usada como blanco, el mensaje no es político: es terror.

Nada justifica la violencia contra civiles inocentes, sin importar su origen, credo o nacionalidad. La instrumentalización de la religión —judía, cristiana o musulmana— como excusa para matar constituye una maldad impía, una degradación ética que anula cualquier pretensión de justicia o causa legítima. Estos actos no son protestas ni resistencia: son expresiones de terrorismo, síntomas de una radicalización que, si no se enfrenta con firmeza desde el derecho y la cooperación internacional, continuará extendiéndose.

“Ninguna causa es sagrada cuando necesita la sangre del civil para sostenerse.” MAAP

Este reproche debe ser coherente y universal. Así como es inadmisible el ataque armado contra judíos que celebran Janucá, también lo es la muerte de civiles inocentes en la Franja de Gaza, donde mujeres, niños y ancianos sufren una violencia que no eligieron. La defensa de la vida no admite dobles estándares: toda sangre inocente clama, ya sea en una sinagoga atacada o bajo los escombros de un bombardeo. Normalizar una y condenar otra es una forma de injusticia.

La historia demuestra que el odio religioso y étnico, cuando se relativiza o se justifica según conveniencias políticas, siempre escala. Callar ante el antisemitismo armado, minimizar el terrorismo o excusar la muerte de civiles por razones ideológicas permite que el miedo sustituya a la convivencia y que la violencia se convierta en lenguaje político. El silencio selectivo no es neutralidad: es complicidad.

“La fe que mata ha dejado de ser fe: se ha convertido en idolatría del odio.” MAAP

Desde el Derecho Internacional Humanitario y los Derechos Humanos, los ataques deliberados contra civiles, lugares de culto y celebraciones religiosas constituyen crímenes graves que deben ser investigados y sancionados. La comunidad internacional tiene la obligación de prevenir, condenar y perseguir estas conductas, sin selectividad ni impunidad, reforzando los mecanismos de protección a minorías religiosas y poblaciones civiles en contextos de conflicto.

La guerra no siempre se anuncia con bombas.  A veces se disfraza de discursos de paz, mientras el negocio de la muerte sigue facturando
sobre la sangre de los pueblos. MAAP

Hoy más que nunca, correponde condenar sin ambigüedades, proteger a las comunidades vulnerables y reafirmar que la paz no se construye con balas, ni con discursos de odio, ni con la sacralización de la venganza, sino con justicia, responsabilidad, memoria y humanidad compartida.

Que HaShem (השם), Señor de la vida y de la paz, consuele a las víctimas, proteja a los inocentes y confunda todo plan de odio y violencia. Que el clamor de la sangre derramada no alimente la venganza, sino que despierte la conciencia de los pueblos y de sus gobernantes. La fe no fue creada para matar, sino para sanar; no para dividir, sino para reconciliar. Que la luz —como la que simboliza Janucá— prevalezca sobre la oscuridad del terror y del fanatismo.

Hablan de paz ante los micrófonos,
pero administran la guerra en los mercados. El mismo poder que promete estabilidad invierte en armas, financia conflictos y normaliza el terror como modelo de negocio. MAAP

Lo ocurrido en Australia no es un hecho aislado ni un accidente histórico: es una advertencia global. La violencia que hoy irrumpe en un cine, en una celebración religiosa o en una calle cualquiera, es el resultado de una arquitectura internacional de guerra sostenida por la carrera armamentista. Mientras los pueblos claman por paz y seguridad, existen actores que fabrican armas, las comercializan, las triangulan y terminan vendiéndolas —directa o indirectamente— a quienes luego son llamados terroristas. Esa es la gran contradicción de nuestro tiempo.

Ha llegado el momento de que los Estados, sin excepciones ni dobles discursos, alcen una sola voz contra esta hipocresía estructural. No se puede condenar el terrorismo con una mano mientras con la otra se alimenta la industria que lo hace posible. No se puede llorar a las víctimas y, al mismo tiempo, proteger los intereses económicos que convierten la guerra en un negocio rentable y permanente.

La verdadera lucha contra el terrorismo no comienza con más armas, sino con coherencia política, transparencia internacional y una ética global que ponga la vida por encima del lucro. Descubrir la mentira de la carrera armamentista es el primer paso para desmantelar el ciclo del odio: sin armas no hay terroristas; sin compradores, no hay fabricantes; sin silencio cómplice, no hay impunidad. La paz exige valentía, verdad y decisión colectiva.

MAAP

La danza masculina como símbolo de identidad, vigilancia y validación en culturas patriarcales musulmanas

“Validación entre hombres”
El hombre patriarcal no baila para sí mismo: baila bajo la mirada que lo evalúa. Allí nace la identidad vigilada.

Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez/ MAAP / Criminólogo, Periodista, Lingüista, Perito Forense Experto en Análisis de Imagen y de Contenido, Bombero profesional, Músico

Análisis Criminoantropológico

El presente análisis examina cómo determinadas expresiones culturales —como el baile en contextos musulmanes— se encuentran atravesadas por normas sociales, religiosas y morales que regulan el cuerpo, el movimiento y la interacción pública. Desde una perspectiva criminoantropológica, estas prácticas no se interpretan como conductas desviadas, sino como escenarios donde el control social formal e informal define lo permitido, lo vigilado y lo sancionado simbólicamente. De este modo, la cultura se convierte en un sistema vivo que, al mismo tiempo que preserva la identidad colectiva, establece límites que buscan proteger el orden moral de la comunidad.

En diversas culturas musulmanas, la masculinidad no es solo una condición biológica, sino una construcción social ritualizada, sostenida por prácticas colectivas donde el cuerpo del hombre se convierte en escenario político, moral y simbólico. Entre esas prácticas destacan las danzas masculinas tradicionales, como el dabke en Oriente Medio o el controvertido bacha bazi en Afganistán. Estas manifestaciones funcionan no solo como expresiones folclóricas, sino como mecanismos de validación patriarcal, donde la masculinidad se confirma frente a la mirada de otros hombres y no frente a mujeres.

La verdadera revolución no es occidentalizar la danza:
es liberar al cuerpo humano del patriarcado.
Que el hombre pueda ser sin demostrar, que la mujer pueda existir sin ser escondida, que el cuerpo vuelva a ser lenguaje de libertad, no instrumento de control. MAAP

En estos rituales, la participación femenina está excluida no por razones estrictamente morales, sino porque el sistema patriarcal centra el linaje, la herencia y el apellido en el cuerpo del varón. Por ello, cualquier actividad que refuerce “la autoridad masculina” ocurre entre hombres y para hombres.

Cuando el cuerpo se convierte en símbolo en busca de validación, refleja algo más que fuerza física:
muestra cómo la masculinidad se construye entre la mirada de otros hombres, el rol social que se espera de ellos y la búsqueda interior de pertenencia.

Esto no significa orientación sexual escondida: significa crisis de identidad masculina heredada, marcada por siglos de guerra, desierto, invasiones y supervivencia.
El cuerpo se vuelve escudo, no juguete. MAAP

El cuerpo como símbolo tribal de masculinidad

En estas culturas, el cuerpo masculino se convierte en un vehículo para expresar:

– fuerza
– pertenencia
-disciplina
– continuidad del clan
– legitimidad frente al grupo

La mirada de otros hombres es el eje de la validación. Es en esa mirada donde se mide la hombría, se deposita el honor y se autoriza —o niega— la pertenencia al grupo.

El hombre no baila libre: baila evaluado.

La danza, lejos de ser un gozo espontáneo, se convierte en un examen público donde cada gesto reafirma su estatus dentro de un sistema patriarcal que vigila, premia, castiga y regula.

Cuando juzgamos desde nuestra cultura, todo parece absurdo.
Pero cuando entendemos su lógica, vemos que es una teología del poder:
Dios–Tribu–Padre–Hijos.
El clan entero se organiza alrededor de quién domina el cuerpo de quién. MAAP
“La danza como vigilancia”
Lo que parece fiesta es, muchas veces, examen público: la masculinidad se mide, se pesa y se vigila entre hombres. MAAP

Tres aspectos o componentes clave de la identidad masculina


Este aspecto se refiere a cómo los hombres a menudo buscan la aprobación y el reconocimiento de sus pares masculinos para afirmar su masculinidad. Esta validación puede manifestarse en comportamientos competitivos, demostraciones de fuerza, habilidades o éxito, y en la conformidad con normas sociales masculinas.


La identidad personal
La identidad masculina también incluye la percepción interna que un hombre tiene de sí mismo, cómo se ve y se define en términos de género.

“En las danzas musulmanas tradicionales, el hombre actúa para ser aceptado; en las celebraciones LGBTI, el hombre baila porque ya se aceptó.”

— MAAP, Ideas Cómplices

1. Búsqueda de validación por otros hombres

La masculinidad, en estos sistemas, no se confirma interiormente, sino exteriormente.
Los hombres buscan aprobación de sus pares mediante:

– competencia
– demostraciones de fuerza
– coraje físico
– obediencia a las normas del clan
reiteración ritual de la virilidad


Lo masculino se convierte así en un performance vigilado por otros hombres, no un rasgo personal.


2. Identidad personal

La masculinidad también implica cómo el hombre se percibe a sí mismo dentro de ese marco cultural.
Incluye:
– sentido de pertenencia
– roles asumidos
– creencias sobre su deber como hombre
– autoconcepto influido por expectativas sociales estrictas

Cuando estas normas son demasiado rígidas, la identidad personal se ve absorbida por la obligación de “ser fuerte”, “no mostrar emociones” o “representar al clan”.


3. Rol o desempeño social

En sistemas patriarcales, ser hombre implica cargar roles culturales como:

– proveedor
– protector
– jefe
– líder
– estratega
– continuador del apellido

Estos roles son exigencias, no opciones, y la danza masculina ritual ayuda a reforzar la idea de que “ser hombre” es ocupar un lugar jerárquico dentro del grupo.


Otros componentes que moldean la masculinidad en este contexto

A. Expresión emocional reprimida: se espera fortaleza constante, lo cual produce violencia emocional e interpersonal.

B. Relaciones interpersonales controladas: se prioriza la lealtad masculina y se desconfía de vínculos que “ablanden” la identidad.

C. Normas de género rígidas: dictan cómo debe verse, actuar y sentir un hombre.

D. Autonomía e independencia: valores exigidos para demostrar autosuficiencia.

E. Sexualidad regulada: vista como territorio de control, reproducción y honor familiar.

Vemos hombres bailando entre hombres, con movimientos fuertes, competitivos, a veces casi sexuales en su energía.
Desde afuera, parece contradicción.
Desde adentro, es una guerra simbólica donde cada cuerpo demuestra su lugar en la tribu. MAAP

Por eso, la energía parece sexual a ojos occidentales:
porque la danza se convierte en performance de fuerza viril,
no en seducción femenina.
La masculinidad no se demuestra ante una mujer — se demuestra ante el patriarca. MAAP


Cuando el cuerpo es símbolo y no libertad

La danza masculina en culturas musulmanas es un espejo profundo del funcionamiento patriarcal: el hombre es evaluado, disciplinado y moldeado por otros hombres.

La ausencia de mujeres en estos rituales no es casual:
protege la estructura del clan, la herencia y el control masculino del territorio simbólico.


Comparación con las danzas y expresiones festivas de hombres LGBTI

En algunas culturas, los hombres no bailan para seducir mujeres:
bailan para conquistar el respeto de otros hombres. No es cortejo. Es jerarquía ritual. MAAP

El hombre patriarcal no baila para sí mismo: baila bajo la mirada que lo evalúa. Allí nace la identidad vigilada. MAAP

La exclusión de la mujer no viene de “vergüenza”, sino de control.
En sociedades tribales antiguas, el cuerpo femenino simboliza linaje, herencia, sangre y continuidad del clan. Por eso se protege, se restringe y se encierra: no es sujeto, es recurso. MAAP

«El cuerpo queer como resistencia”
Lo que en unos es vigilancia, en otros es celebración. El baile queer no obedece linajes: libera almas.
El problema no es la danza.
El problema es el sistema que invisibiliza a la mujer y convierte al hombre en cárcel de sí mismo:
debe ser fuerte, dominante, agresivo…
porque el patriarca lo vigila.
Un hombre que baila así, está encadenado a la mirada de otros hombres. MAAP

A diferencia de las tradiciones patriarcales mencionadas, las prácticas festivas de hombres LGBTI funcionan desde un lugar completamente distinto:

1. Celebran la identidad personal y colectiva, no la vigilancia.

2. La danza es expresión libre, no examen de masculinidad.

3. El cuerpo no es un territorio político controlado por otros hombres, sino un espacio de autenticidad.

Conclusión

En suma, el estudio de estas prácticas culturales revela que ninguna expresión humana existe al margen de los sistemas de significado que la rodean. El baile, lejos de ser un simple acto recreativo, se convierte en un punto de encuentro entre identidad, moralidad y control social.

La mirada criminoantropológica permite comprender que lo “permitido” y lo “prohibido” no dependen del gesto en sí, sino del entramado simbólico que regula los cuerpos y sus modos de relacionarse. Allí donde una comunidad establece límites, también deja ver sus temores, sus valores y su aspiración al orden. Reconocer estas dinámicas no es juzgar la cultura, sino entender cómo cada sociedad negocia, protege y reproduce aquello que considera sagrado para su supervivencia colectiva.

Lo que parece fiesta es, muchas veces, examen público: la masculinidad se mide, se pesa y se vigila entre hombres. MAAP

Bibliografía

En español

Sedasde, L. (1999). La danza del varón, masculinidades y política en el mundo árabe.

Hirshkind, C. (2009). El sonido y la cultura moral. Ed. Mediterráneo.

En inglés

Ahaspa, L. (2019). Women and Gender in Islam. Yale University Press.

Platt, D. (2011). Bacha Bazi: Boy Play in Afghanistan. American Ethnological Society.

Vanidad, Orgullo y Menosprecio: La mitología del Regionalismo

El escorpión nunca cambia: pica al final.

Por:  Marcos Aurelio Álvarez Pérez MAAP / Periodista, Criminólogo, Lingüista y Experto en Análisis de Imagen y de Contenido, Músico y Bombero profesional.

> No toda bondad es virtud;
algunas son estrategia.

Editorial: Ideas Cómplices

I. Origen: El desprecio como herencia

Hay heridas que no vienen de enemigos — vienen de la sangre equivocada.

No se trata de un conflicto aislado, ni de una anécdota familiar. Se trata de una estructura:

A. La vanidad como espada,

B. El orgullo como escudo,

C. y el menosprecio como lengua.

En los pueblos donde el apellido pesa más que la verdad, la familia se convierte en feudo emocional, y el amor se administra como capricho jerárquico.

– Ahí se hereda tierra,

pero no se hereda dignidad.

– Ahí se reparte ganado,

pero no se reparte memoria.

– Ahí se mide el valor de una mujer por el color de su marido, no por la fuerza de su camino. Mi madre lo vivió. » Yo lo aprendí en sus cicatrices».

II. La finca, el sello y el robo silencioso

Cada familia tiene un evangelio oculto.

El nuestro se escribió con ganado marcado, herencia adulterada, y el cuento del loco chino que “no iba a servir ni para vender agua de pipa”.

A mi madre le borraron el sello como quien borra identidad. No fue un error de herrería — fue una declaración de guerra silenciosa. Porque en tierras donde la vaca vale más que la hija, el patriarcado y la avaricia se disfrazan de tradición:

> “Lo que trabajó la mujer, lo reparten los demás.” En mi casa no entró riqueza heredada, entró silencio heredado. Y ese silencio duele más que cualquier pobreza. Porque la pobreza se cura con trabajo El silencio se cura con memoria.

III. Racismo rural: la piel como sentencia

Cuando mi madre se enamoró de un hombre negro, no encontró rechazo en el mundo — lo encontró en su propia sangre.

Las hermanas que deben proteger, se convirtieron en fiscales del color. Los sobrinos que deben abrazar, repitieron la burla como coro.

Alguien dijo viene: “la chombi chombi”, como quien escupe una verdad heredada. Y el destino respondió con ironía divina: ‘La niña nació más blanca y con ojos azules, que una promesa rota».

Ese día el racismo quedó desnudo: la piel no era el problema — era la envidia. El odio nunca nace del color del otro, sino de la sombra que ese otro proyecta sobre tu mezquindad.

> La maldad no siempre viene desde afuera. A veces viene desde adentro, protegida por la apariencia del bien.

IV. La teoría del escorpión

El regionalismo es un veneno elegante. No mata de frente — mata al final.

Sonríe en la fiesta, pero silencia tu nombre en la herencia. Abraza en público, pero niega tu existencia en privado.

El escorpión no pica cuando lo buscas — pica cuando lo olvidas. Cuando crees que es seguro. Cuando bajas la guardia.

La familia tóxica actúa igual:

– se acerca cuando te ve fuerte,

– te ignora cuando estás herido,

– y aparece cuando el escenario les conviene.

No para sanar, sino para confirmar su ausencia. Quien llega al final no cura la herida — solo confirma el abandono.


> Desde la blancura moral se puede ocultar el veneno.

V. Criminología del abandono

En criminología se estudia al agresor, pero pocas veces se estudia al agresor familiar:

– el que roba sin armas,

– hiere sin golpes,

– y mata sin sangre.

La violencia familiar es perfecta:

– no deja moretones — deja biografías rotas.

– Roba el ganado,

– pero sobre todo, roba la certeza de pertenencia.

– Niega tu apellido, pero sobre todo,

– niega tu derecho a existir sin vergüenza.

– Te llama loco, pero sobre todo, construye la profecía para que lo seas.

Ahí es donde entra la psicología simbólica: lo que una familia repite como broma, un niño lo carga como destino.

Manténganse lejos.
No toquen mi puerta ni la de los hijos de mi madre.
Una mujer llena de virtud,
que lloró, sudó y sangró para levantar sola a su familia
no merece visitas tardías ni excusas vacías.
Lo bailado no se elimina. MAAP

VI. Teología: La dignidad como frontera

Cristo no nació en finca.

Cristo nació fuera de la herencia.

La historia de Dios es, también, la historia del despreciado que se convirtió en centro. No fue protegido por su apellido, sino por su propósito.

1. La dignidad es frontera.

2. No es rencor — es protección espiritual.

3. Cerrar la puerta no es odio.

Cerrar la puerta es decir: > “Aquí no se repite el daño.”

4. El perdón no es permitir entrada.

5. El perdón es no cargar el veneno.

VIII. La victoria del “loco chino”

Y el silencio…el silencio es sentencia.

VII. La Trilogía: del dolor a la obra

Hoy no escribo para ellos.

Escribo para los que vivieron lo mismo:

– familias que se avergüenzan de tu esfuerzo,

– hermanas que repiten odio como costumbre,

– tíos que robaron como cultura,

– primos que aman el apellido pero odian el fruto,

– y herencias que se comen como pan robado.

Por eso nació esta trilogía visual:

I — Frontera

Familias tóxicas: No regresen donde nunca estuvieron. La puerta cerrada es dignidad.

II — Sentencia

Cuando el desprecio es origen, la dignidad es frontera. El silencio hace justicia.

III — Memoria

La memoria que se protege, no se repite. El futuro no hereda la herida.

A mí me llamaron “el loco”,

el que no hablaría,

el que no sería nada,

el que no tendría casa,

ni apellido,

ni historia.

Hoy firmo como: Marcos Aurelio Álvarez Pérez – #MAAP / Periodista, Criminólogo, Lingüista y Experto en Análisis de Imagen y de Contenido, Músico y Bombero profesional.

Editorial: Ideas Cómplices

Dicen que soy el loco. Y quizás lo sea:

– El loco que convirtió el veneno en libro.

– El loco que convirtió la burla en marca.

– El loco que convirtió la herida en enseñanza. El loco que fue de los caserones y las bolsas de ostomía, a la universidad, a la televisión, a la palabra escrita que ya nadie puede quitar. Eso no lo logra la herencia. Eso lo logra la memoria protegida.

“Cuando la maldad se planifica bajo el manto de bondad.”

IX. Cierre: Para quien sienta su piel arder

Hermano, hermana: si una familia te negó, déjame decirte algo que aprendí con sangre:

^ El amor que no te dieron, te lo puedes construir.

^ La identidad que te robaron, la puedes escribir.

^ La memoria que no te heredaron, la puedes crear.

Y cuando lo hagas, quien venga al final no viene a curar nada. Solo viene a demostrar que nunca estuvo.

No les abras la puerta.

No porque los odies — sino porque te amas. La dignidad es frontera. El silencio es sentencia. Y la memoria protegida no se repite.

La dignidad es frontera. No es rencor — es protección espiritual. Cerrar la puerta no es odio. Cerrar la puerta es decir: > “Aquí no se repite el daño.” MAAP