Vida recibida, responsabilidad moral y el límite ético de la existencia humana
Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez -MAAP Periodista | Criminólogo | Lingüista | Bombero Profesional | Perito Forense Experto en Análisis de Imagen y de Contenido | Músico Saxofonista | Pastor Callejero del Ghetto | @amaapchino Sello editorial: Ideas Complices
Hay versículos que uno comprende con la razón y otros que acompañan toda la vida. «Porque en Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hechos de los Apóstoles 17:28), versículo que pertenece, para mí, a este segundo grupo. Lo leí a temprana edad y, aunque entonces no alcanzaba a dimensionarlo plenamente, dejó una huella silenciosa. Con los años, las pérdidas, la experiencia y la fragilidad a cuestas, comprendo que no fue un texto aprendido: fue una verdad sembrada.
El Dios invisible que dijo habitar en la oscuridad no se encuentra solo “en el cielo”, sino en la trama misma de nuestra existencia.
En las últimas semanas este versículo ha vuelto con fuerza, no como idea teológica, sino como sostén existencial. Especialmente después de dos experiencias hospitalarias recientes, donde el cuerpo, la mente y la fe se enfrentan a límites que no se negocian.
Hay espacios que no necesitan palabras para hablar de vulnerabilidad: lugares fríos, impersonales, donde el silencio sugiere finitud y la espera se carga de incertidumbre. La memoria de esos lugares regresa a veces sin permiso.
En medio de esas recurrencias, este versículo ha operado como ancla. Me ha recordado algo que solemos olvidar cuando oramos: no buscamos a Dios porque esté lejos, ni porque habite únicamente en una altura inaccesible. El Dios invisible que dijo habitar en la oscuridad no se encuentra solo “en el cielo”, sino en la trama misma de nuestra existencia. Este texto nos recoloca: todo nuestro organismo, cada célula, cada impulso neuronal, cada respiración, existe en Él, por Él y para Él. No somos cuerpos funcionando en un vacío, ni conciencias suspendidas al azar.
Desde ahí, la afirmación paulina no es una fórmula devocional ni una licencia poética; es una declaración ontológica que redefine la relación del ser humano con la vida, la acción y el ser. Pronunciada por Pablo en el Areópago, dialoga con la cultura de su tiempo para reordenarla bajo una verdad más profunda: la existencia humana no es autónoma, sino dependiente. Dios no es parte de la creación; es el fundamento del ser.
La creación existe en dependencia de Él
En Él vivimos: la vida como don
Vivir no es una conquista individual ni una posesión absoluta.
El aliento, la conciencia y la continuidad vital son recibidos, no producidos por el sujeto. Esta verdad funda la dignidad humana y cuestiona toda pretensión de soberanía total sobre la vida. Desde lo social, impide jerarquizar vidas como si algunas valieran menos que otras; desde lo ético, recuerda que la vida no se explica desde el yo, sino desde aquello que la posibilita.
Nos movemos: acción, voluntad y responsabilidad
El segundo verbo introduce el ámbito de la acción: decidir, actuar, orientar la conducta. El dinamismo humano —pensar, elegir, errar— no ocurre fuera del marco que Dios sostiene. Esto no convierte a Dios en autor del mal, pero sí niega la existencia de una zona moralmente neutra donde el sujeto pueda evadir responsabilidad.
Desde la criminología, esta afirmación es decisiva: el contexto condiciona, pero no sustituye la voluntad. La acción sigue siendo imputable porque es acción del sujeto.
Existimos: el ser mismo es sostenido
El tercer verbo va más allá de la vida biológica y de la acción moral: apunta al ser mismo. La identidad, la continuidad y la presencia en la realidad no se autofundamentan. Si el sostén último se retirara, no habría transición ni agonía: simplemente dejaríamos de ser. Aquí se cierra toda ilusión de impunidad ontológica. Puede existir impunidad legal o prescripción penal; no hay impunidad en el orden del ser.
El límite ético: la vida no es disponible
Desde esta progresión se comprende con claridad la enseñanza apostólica: «El que destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo» (Primera carta a los Corintios 3:17). Este pasaje no introduce una amenaza religiosa, sino un límite ontológico y ético. El “templo” no es solo un edificio; es la vida misma, habitada por el Espíritu. Por eso, la vida humana no es un bien disponible a voluntad. Al no pertenecernos en origen, no puede ser legítimamente anulada por decisión propia.
Este enfoque no niega el dolor ni trivializa el sufrimiento. Tampoco reduce la complejidad de las crisis humanas. Afirma algo más hondo y exigente: atentar contra la vida —propia o ajena— es una ruptura del orden del ser, porque la existencia no se posee, se recibe. La respuesta bíblica, por tanto, no es la condena ligera, sino la afirmación radical del valor inviolable de la vida y la necesidad de cuidado, acompañamiento y responsabilidad.
Consecuencia ética y social
Si vivimos, actuamos y existimos en Dios, nadie puede alegar neutralidad moral. De ahí que el discurso de Pablo culmine en el llamado al arrepentimiento: no como acto piadoso, sino como reordenamiento del ser.
Vivir dentro de Dios ignorándolo no es simple desconocimiento; es una fractura consciente entre existencia y sentido.
Este texto no consuela primero; desestabiliza. Pero al hacerlo, rescata al ser humano del absurdo. Nos quita la ilusión del control absoluto y nos devuelve algo más verdadero: sentido, responsabilidad y límite. No somos dueños de nuestra vida, pero tampoco estamos abandonados. Todo ocurre dentro de un marco mayor que sostiene incluso aquello que pretende negarlo.