Lectura criminológica, denuncia teológica, y cierre con autoridad moral.
Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez / #MAAP I Periodista | Criminólogo | Lingüista | Perito Forense Experto en Análisis de Imagen y de Contenido I Pastor Callejero del Ghetto | Músico I Bombero de Profesión no ‘Honorario»
@amaapchino
Sello editorial: Ideas Cómplices
Jeremías, Job, Asaf (Salmo 73) y Habacuc, también se quejaron contra Dios, sin por eso ser acusados de estar apartados del Señor Jesucristo: “He aquí, estos impíos, sin ser turbados del mundo, alcanzaron riquezas. ¿Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón?” (Salmo 73)
QUEJA CONTRA DIOS
Manifiesto criminológico desde la fidelidad postergada.
I. Mi queja nace de una promesa bíblica no cumplida en mi historia.
Esta es mi queja contra Dios. No nace de incredulidad, sino de haber creído demasiado pronto y demasiado en serio.
Desde niño recibí a Cristo con el corazón abierto, amé la Palabra antes de comprender la institución y dediqué mi juventud temprana al servicio, a la enseñanza y a la formación de otros.
Creí -con fe sincera- en lo que el apóstol Pablo escribió a Timoteo: “Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio” (1 Timoteo 1:12). Ese versículo fue una promesa viva para mí: fidelidad reconocida por Dios, no por hombres.Creí -con fe sincera- en lo que el apóstol Pablo escribió a Timoteo: “Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio” (1 Timoteo 1:12). Ese versículo fue una promesa viva para mí: fidelidad reconocida por Dios, no por hombres.
Pero en mi historia ocurrió lo contrario. No fui honrado; fui desplazado. No fui afirmado; fui empujado hacia los márgenes. No recibí cuidado pastoral; recibí silencios, calumnias y cartas de “recomendación” para irme, ofrecidas por el mismo pastor que antes me había puesto a servir. La fidelidad no produjo reconocimiento, sino desgaste. Esta contradicción entre la promesa bíblica y la experiencia concreta es el núcleo de mi queja: ¿cómo se sostiene la fe cuando la Palabra que se creyó no se encarna en la historia vivida? Tanto que siento que lo que recibí fue una pateada en mi trasero.
II. El escándalo moral: fidelidad castigada, caída celebrada
Desde una lectura criminológica y ética, el sistema religioso ha invertido la pedagogía moral. He visto cómo trayectorias de jóvenes marcadas por drogas, violencia, homicidio o delitos graves fueron rápidamente exaltadas como “testimonios”, “llamados” y “honrados por Dios”, una vez pagaron sus delitos en sendas cárceles de donde salieron supuestamente «Convertidos en Siervos de Dios»; mientras quienes perseveraron sin escándalos desde su adolescencia y juventud fueron relegados al olvido. No cuestiono el perdón; cuestiono la administración injusta del honor.
El mensaje implícito es devastador: la caída dramática vale más que la fidelidad silenciosa. Desde la criminología crítica, esto equivale a premiar la conducta disruptiva por su impacto simbólico y castigar la conducta normativa por su falta de espectáculo. El sistema no forma conciencia: administra relatos. Así, la gracia deja de ser transformación y se convierte en capital narrativo.
III. Falacia teológica y uso instrumental de la gracia
Aquí nace una de mis quejas más profundas contra Dios y contra la teología edificada en su nombre. La Escritura es clara: Dios levantó a hombres marcados por delitos graves. David cometió adulterio y encubrió un homicidio; Moisés asesinó a un egipcio y huyó como fugitivo; Pablo persiguió, encarceló y consintió la muerte de los primeros creyentes. Rahab fue redimida desde la prostitución; y Betsabé la adúltera fueron incorporada a la línea mesiánica tras un acto de abuso y sangre. Y aun así, el Dios invisible los levantó y los usó.
Pero la misma Biblia no oculta las consecuencias. David pagó con violencia en su casa, muerte de hijos y humillación pública. Moisés nunca entró a la Tierra Prometida. Pablo vivió perseguido, golpeado y murió ejecutado. La gracia no anuló la responsabilidad, ni convirtió el delito en mérito espiritual. La falacia consiste en presentar la caída como credencial y la redención como espectáculo. Cuando la gracia se instrumentaliza, deja de sanar y se vuelve coartada espiritual.
IV. La mercantilización de la fe y la traición del Evangelio
Ante mis ojos, la sana doctrina fue desplazada por el mensaje de la súper prosperidad, tal como advirtieron las Escrituras: “por avaricia harán mercadería de vosotros” (cf. 2 Pedro 2). Hoy, a muchos pastores no les interesa el alma de la oveja, sino su capacidad de aportar. Visitan al rico, se postran ante el millonario y lamen los pies del poder por amor al diezmo y a la ostentación. Al pobre, al herido, al que vive en la calle, no lo miran.
2026 años, en pleno siglo XXI, proliferan los autodenominados “apóstoles”, más numerosos que en tiempos de Jesucristo, a quien Él llamó uno por uno. Presumen contactos e influencia, llenan estadios, venden esperanza empaquetada y reúnen en la misma tarima a políticos de gobierno y oposición, sabiendo que todos comen del mismo plato. La iglesia, alienada, teme más hablar contra el pastor que traicionar el Evangelio. Se invoca “no tocar al ungido” mientras se ignora que Dios ya había desechado a Saúl por consultar hechicerías y no al Señor.
Mensaje Enfatizado:
«La iglesia, alienada y temerosa, ha dejado de obedecer el mandato bíblico de probar los espíritus. Se le enseñó a no cuestionar al pastor, a no “tocar al ungido”, citando el episodio de David y Saúl, aun cuando Dios ya había desechado a Saúl por consultar hechicerías y no al Señor. Se confunde autoridad con impunidad, unción con intocabilidad, y obediencia con silencio cómplice. Así, se protege al sistema y se sacrifica la verdad.
Este modelo —religioso, económico y simbólico— ha producido una fe domesticada, incapaz de discernir, temerosa de hablar y entrenada para sostener estructuras que niegan en la práctica al mismo Jesucristo que dicen predicar. Mi queja no es contra Dios; es contra la traición sistemática a su Evangelio, convertida hoy en industria, espectáculo y negocio».
Me he propuesto no colocar mis pies en un templo religioso cualquiera que sea su denominación sectaria.
Llamo secta a muchas congregaciones actuales porque la Iglesia de Jesucristo no es un edificio, ni una membresía, ni una franquicia religiosa, sino un cuerpo vivo esparcido por toda la tierra, compuesto por todos aquellos que creen verdaderamente en su nombre, están escritos en el Libro de la Vida, han sido lavados por el poder de su sangre y le invocan con un corazón sincero, apartándose del pecado. Todo sistema que sustituye esta verdad por ritual, dinero, jerarquía o espectáculo deja de ser iglesia y se convierte en estructura sectaria.
El apóstol Santiago lo dejó sin ambigüedades: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Santiago 1:27). Cuando una congregación ignora al pobre, desprecia al herido y se postra ante el rico, puede usar el nombre de Cristo, pero ya no camina en su Espíritu.
V. Criminología del silencio y violencia simbólica
Este modelo produce violencia simbólica: no deja marcas visibles, pero erosiona identidad, vocación y sentido. Castiga al que persevera y recompensa al relato rentable. Desde la criminología, es un sistema que normaliza la injusticia moral, confunde autoridad con impunidad y obediencia con silencio cómplice. No es un error aislado: es un patrón estructural.
En el 2025, he estado hospitalizado con riesgo real de muerte: 65 días continuos entre cuidados intensivos y semi-intensivos, y luego, en noviembre de 2025, otros diez días más por una nueva complicación —una colección fecal abdominal de 8 cc— que volvió a poner mi vida en peligro. Todo esto fue de conocimiento público dentro del entorno eclesiástico, porque existía un grupo “élite” de oración compuesto por pastores de renombre y personas económicamente acomodadas e influyentes que oraban diariamente por mí; sin embargo, ninguno —ni el líder evangélico más visible del país, ni su esposa, ni pastores asistentes— tuvo la mínima humanidad de visitarme, aun cuando jamás prohibí visitas ni reclamé presencia alguna. Permanecí largos períodos sin poder comer ni beber por boca, sostenido por catéteres, en silencio, sin exigir amor, sin pedir validación, dejando que todo fluyera. Si antes amaba la soledad y despreciaba la presencia humana, hoy la abrazo como refugio consciente frente a una presencia humana tóxica que aprendí a rechazar; y aunque suene duro, aborrezco el falso cristianismo que predica con la boca lo que niega con la vida.
A esos les recuerdo las palabras de Jesucristo: “Hagan lo que dicen, pero no hagan lo que hacen”, porque ahí quedó expuesta la distancia entre el discurso religioso y la compasión real, entre la oración pública y la misericordia concreta.
Mateo 23:2–3
“En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos.
Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen.”
Clave del texto
Jesús establece una distinción ética y espiritual entre:
1. La verdad que se proclama (puede ser correcta),
2. Y la conducta de quien la proclama (puede ser hipócrita).
3. No legitima la hipocresía, la desnuda.
4. No invalida la Palabra, condena al mensajero incoherente.
VI. Cuerpo herido, fe cansada, conciencia intacta
Mientras los impíos prosperan —como denunciaron los profetas—, a mí me ha tocado el quirófano una y otra vez. No lo nombro como castigo divino, sino como fragilidad humana sostenida en silencio. La fe no inmuniza contra el dolor, y Dios no siempre explica su demora. Si el cuerpo vuelve a ser probado, no busco honores tardíos, sino cerrar los ojos, de una vez y para siempre -una vez entre la anestesia a mi cuerpo – dormir para siempre con la conciencia limpia: no vendí mi voz, no trafiqué con el daño, no convertí el dolor para publicar.
VII. Declaración final
Esta es mi queja contra Dios y contra el sistema que habla en su nombre.
No creo en jerarquías que se legitiman desplazando a los fieles.
No creo en espiritualidades que glorifican el pasado criminal y desprecian la perseverancia ética.
Pero sí creo en la verdad.
Sí creo en una fe sin templo cuando el templo falla.
Sí creo en una ética que no negocia.
Y como criminólogo afirmo:
cuando un sistema honra al delito redimido y castiga la fidelidad persistente, ha perdido autoridad moral.
1. Esta queja no es apostasía; es honestidad.
2. No es odio; es cansancio con conciencia.
3. No es renuncia a Dios; es denuncia de quienes lo usan.
Marcos Aurelio Álvarez Pérez / #MAAP
Periodista | Criminólogo | Lingüista | Perito Forense Experto en Análisis de Imagen y de Contenido I Pastor Callejero del Ghetto | Músico I Bombero de Profesión no ‘Honorario»
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Sello editorial: Ideas Cómplices