Carta de Marcos al niño Aurelio

Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez / MAAP; Criminólogo, Periodista, Lingüista, Perito Forense Experto en Análisis de Imagen y de Contenido, Bombero profesional, Músico y Pastor Callejero del Gueto

Niño Aurelio,
No te escribo para decirte que todo saldrá bien.

Te escribo para decirte que todo lo que pasó fue real, y que no estabas equivocado al sentirlo como lo sentiste.

Sé que tardaste en hablar hasta los seis años de edad. Sé que el mundo te llegó antes de que tu cuerpo estuviera listo para nombrarlo.

Sé que aprendiste a observar en silencio, a pensar antes de responder, a habitarte por dentro porque afuera todo era demasiado.

Sé de los dolores en el estómago cuando ibas a la escuela. De los retortijones que nadie entendía.

De esa sensación de caminar dentro de una burbuja, como si la vida estuviera a unos centímetros de distancia, pero separada por un vidrio invisible. No era debilidad. Era hipersensibilidad en un mundo que no sabía escuchar.

Sé que trabajaste cuando aún eras niño. Que entendiste las prioridades antes de entender el juego.

Que el cansancio te llegó antes que la infancia completa. Que aprendiste a cumplir antes que a pedir. No fue justo, pero fue lo que te tocó para sobrevivir.

Sé que a los dos años te dieron por muerto. Que tu cuerpo luchó cuando nadie apostaba por él. Que regresaste a la vida agarrado a una fuerza que no sabías nombrar, y que cuando despertaste rechazaste incluso a quien más te amaba: tu mamá, porque tu sistema aprendió a refugiarse en las manos de las enfermeras donde había calma, porque a ella no le permitían verte donde estabas aislados por varios meses. No fue frialdad. Fue instinto de conservación.

Sé que a los siete años saliste de tu cuerpo. Que viste desde arriba cómo te operaban. Que recuerdas tubos de Levin, luces, voces, y a tu abuela paterna peleando por verte adentro del quirófano.

Que tu cuerpo cerró solo porque no podía darse el lujo de infectarse. No fue imaginación. Fue conciencia temprana.

Sé que te fuiste de casa a los quince años. Y que al irte te nombraste con otro nombre.  Elegiste llamarte Marcos porque necesitabas un nombre que te sostuviera.
No abandonaste a nadie: te salvaste.
Y al salvarte, abriste el camino para llegar vivo hasta aquí.

Sé que tu familia a veces no entendió tu nombre, ni tu distancia, ni tu forma de amar. Pero tú sí supiste quién eras. Y eso fue suficiente para seguir.

Conozco tus dos rostros: el del obrero que resistió durmiendo entre zaguanes del Casco Antiguo y el del profesional que se levantó con estudio y conciencia,; que a la edad de 16 años te adoptaron dos familias, y hasta hoy te comunicas más con ellos, que con aquellos que te unen los lazos sanguíneos o familia extendida paterna y materna.

Sé de cada cirugía.
De cada golpe.
De cada injusticia.
De la violencia que no debió existir.

De los hombres poderosos que pasada la invasión a Panamá, el 20 de diciembre de 1989, y llegado  el 31 de enero de 1990,  creyeron que podían quebrarte el rostro, los dientes, tal quedó desfigurado tu cara,  y la historia a punta a una golpiza que te dieron  en tu lugar de trabajo hasta mandarte a accidentar siete días después, partiendo tu fémur de la pierna izquierda con fractura expuesta; cumpliendo así la promesa que hicieron el día de la golpiza: de que nunca jamás volverías a ejercer el periodismo, amenaza realizada el día que te golpearon en la entrada de una emisora, ubicada  en la avenida Porras. No lo lograron.

Sé que tu cuerpo ha sido campo de batalla. Intestinos, heridas, derrames de colecciones de heces, cirugías, reconexiones, hospitalizaciones. Y aun así sigues de pie. Conozco también tus depresiones y tus ansiedades, nacidas del cuerpo enfermo y del intestino herido.

A los sesenta años, con un rostro que no refleja derrota, sino coherencia.

Sé que puedes sentarte a hablar con un hombre de la calle, escuchar su historia, reírte, bromear, porque nunca dejaste de ser humano.
Porque el dolor no te volvió soberbio.
Te volvió comprensivo.
Sé que a veces lloras sin aviso.

Que el llanto llega caminando, leyendo un versículo, recordando una palabra de Dios dicha como madre, como nodriza. No te avergüences. Eso no es debilidad: es memoria corporal liberándose.

Hay personas como yo que no encajan porque no nacieron para encajar. Nacieron para resistir, observar y caminar con conciencia.

Esta es la Carta de Marcos al niño Aurelio: un acto de memoria, reconciliación e identidad. No para corregir el pasado, sino para honrarlo.

A los 60 años no cierro ciclos: depuro. Quito lo que sobra. Conservo lo esencial. Y sigo caminando ligero.

Marcos Aurelio Álvarez Pérez – MAAP
Ideas Cómplices
Crimen & Pecado: Donde el poder se confiesa

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