Panamá: etnografía cotidiana de una violencia normalizada desde el lenguaje hasta llegar a la criminalidad

Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez MAAP/ Criminólogo, Periodista, Lingüista, Perito Forense Experto en Análisis de Imagen y de Contenido, Bombero y Músico.

Fuente: Video descargardado de la página digital Difusión Panamá.

Para quien observa Panamá desde fuera —especialmente desde ciudades como Nueva York hasta Pekín y el mundo entero—, muchas de las escenas que circulan en videos virales de redes sociales pueden parecer exageradas, grotescas o incluso cómicas. Sin embargo, vistas desde dentro, esas expresiones no son caricaturas: son conductas diarias, lenguajes vivos y prácticas sociales normalizadas que revelan una crisis estructural profunda.

Panamá es, ante todo, un pueblo trabajador y esforzado. Hombres y mujeres que viven del día a día, que madrugan, resuelven y sostienen el país desde las capas sociales más bajas, muchas veces sin estabilidad ni reconocimiento. Ese esfuerzo cotidiano, sin embargo, convive con una fragilidad estructural: la dificultad para establecer prioridades de vida en un entorno marcado por la precariedad, la presión social y la exclusión simbólica. En épocas como las fiestas de fin de año, esta vulnerabilidad se intensifica bajo una falsa Navidad —la del consumismo y el materialismo— que impone la idea de que quien no compra, no exhibe o no aparenta, no vale o no existe. Allí comienza el problema de fondo: cuando el valor humano se mide por la capacidad de consumir, el sacrificio se vuelve insuficiente, la frustración se normaliza y se abren las puertas a dinámicas de endeudamiento, vicio y violencia que luego el propio sistema se apresura a condenar, sin reconocer su responsabilidad en haberlas producido.

Este artículo no nace del morbo ni de la indignación momentánea. Surge desde la observación directa, el análisis criminológico y la lectura etnolingüística de la calle, entendiendo el lenguaje como un indicador temprano de descomposición social.

El lenguaje muestra el problema; la criminología explica su permanencia.

Desde la etnolingüística, el lenguaje se entiende como una expresión viva de la cultura. Las palabras, jergas y modos de hablar revelan prácticas sociales, creencias y conductas aprendidas, convirtiéndose en una vía legítima para interpretar la identidad colectiva y las dinámicas cotidianas de una sociedad.

La observación etnolingüística permite identificar cómo el lenguaje cotidiano refleja y normaliza determinadas prácticas sociales, mientras que la observación criminológica explica las consecuencias de esas prácticas en la conducta colectiva. Las jergas violentas, los reclamos agresivos y las expresiones de desprecio no son simples excesos verbales, sino indicadores tempranos de entornos marcados por la desestructuración familiar, la irresponsabilidad económica y la omisión institucional. En este sentido, el lenguaje se convierte en una señal de alerta, y la criminología aporta el marco para comprender cómo esas expresiones se traducen en conflictos, violencia y reproducción de conductas delictivas.

En Panamá, la violencia no siempre inicia con el golpe o el homicidio; comienza mucho antes, en la economía doméstica disuelta, en la irresponsabilidad parental, en el uso del salario como combustible del vicio, y en una cultura del juega vivo que atraviesa todas las capas sociales.

1. Cultura del juega vivo y normalización del abuso social:

Cultura de la transgresión cotidiana “Cuando la transgresión se vuelve práctica diaria y socialmente aceptada, deja de percibirse como desviación y se transforma en norma cultural.”
— Robert K. Merton, Social Structure and Anomie (1938)


Desde una perspectiva criminológica, estas prácticas constituyen formas de violencia estructural de baja intensidad, toleradas por el Estado y reproducidas generacionalmente. Desde la etnolingüística, la jerga cotidiana —grosera, sexualizada, amenazante— no crea la violencia: la nombra, la anticipa y la legitima. El habla popular funciona como archivo social de frustraciones, desigualdades y abandonos institucionales.

Este texto analiza cómo la desestructuración familiar, el consumo desmedido, la corrupción normalizada y la inacción estatal se entrelazan en la vida diaria, produciendo pobreza moral, económica y simbólica. No se trata de estigmatizar a los sectores populares ni de absolver a las élites, sino de mostrar cómo un mismo patrón cultural se expresa tanto en el hogar como en la política, en la calle y en la administración pública.

Lo que sigue es una crónica analítica: dura, incómoda, pero necesaria. Porque una sociedad que se acostumbra a vivir del vicio, la charanga y la apariencia no está simplemente divirtiéndose: está incubando su propia violencia futura, mientras el Estado —por omisión o conveniencia— se convierte en productor de desigualdad, corrupción y pobreza estructural.

Panamá: crónica de una cultura del juega vivo sin pudor

Panamá arrastra una cultura profundamente arraigada que, en términos populares, muchos resumimos sin eufemismos como “vale pinga, cada quien hace lo que le da la puta gana”. No es una expresión gratuita: describe una ética social deteriorada donde, desde el más poderoso hasta el más insignificante en la escala social —sea rabi blanco o rabi pobre—, se atropella al otro sin culpa. Aquí no solo se pisa al prójimo: después se abre el abanico para que la mierda salpique a todos.

Este comportamiento se manifiesta en lo cotidiano y aparentemente inofensivo. Basta observar el tránsito: conductores más pendientes del celular que de la vía, manejando por el carril izquierdo a velocidad mínima, bloqueando el flujo porque están fornicando con el aparato en la mano. No es torpeza; es desprecio por el otro. La misma lógica opera en la política, donde el voto se vende por cinco sacos de cemento o unas láminas de zinc que ni siquiera salen del bolsillo del político, sino de depósitos públicos destinados a los más pobres.


La «cultura del juega vivo» también se camina. En aceras, centros comerciales y espacios públicos, la gente no respeta flujos ni direcciones. Familias completas se detienen en puertas, escaleras o pasillos a conversar, generando tranques humanos, y si alguien reclama, el problema no es el estorbo, sino quien se atreve a señalarlo. En las filas ocurre lo mismo: nadie quiere perder tiempo, todos intentan colarse con una falsa cortesía, cargando no lo básico, sino licor y cerveza pa’ gozaaa.

La irresponsabilidad parental es otro pilar de esta descomposición. Padres que engendran hijos con tres, cuatro o cinco mujeres y luego evaden pensiones alimenticias (no temen el Pelepolice) , como si su única función fuera derramar espermatozoides. Esos niños crecen sin sustento, sin estructura y sin futuro, y más tarde la sociedad se escandaliza al verlos convertidos en los mismos maleantes que hoy inundan las calles. No es casualidad: es una herencia social que se profundizó tras la invasión del 20 de diciembre de 1989 y se reprodujo generación tras generación.

2. El Estado como productor indirecto de criminalidad:
“El crimen no es solo resultado de decisiones individuales, sino de estructuras estatales que producen exclusión, desigualdad y abandono.”
— Loïc Wacquant, Punishing the Poor (2009).

Mientras tanto, las autoridades miran hacia otro lado. La natalidad en adolescentes es alarmante, pero nadie interviene seriamente. Taxistas hacen piqueras no para trabajar formalmente, sino para recoger menores sexualizadas prematuramente, y no se ven operativos reales ni coordinación institucional para cortar ese circuito de abuso normalizado. Todo se tolera, todo se deja pasar.

3. Corrupción estructural y reproducción de pobreza

“La corrupción institucional no solo roba recursos; roba futuro, reproduce pobreza y legitima la violencia como forma de acceso a bienes.”
— Eugenio Raúl Zaffaroni, En busca de las penas perdidas (2000)

4. El Estado como productor indirecto de criminalidad:
“El crimen no es solo resultado de decisiones individuales, sino de estructuras estatales que producen exclusión, desigualdad y abandono.”
— Loïc Wacquant, Punishing the Poor (2009).

La corrupción ya no se oculta ni siquiera en áreas sensibles como la salud. Las citas médicas se mercadearon, las cirugías se priorizaron según capacidad de pago, y algunos profesionales aprovecharon el sistema público para operar mientras captaban pacientes en la privada. En el Estado, los nombramientos responden más a caminatas políticas que a mérito. Personas sin competencia ocupan cargos técnicos, atienden mal al ciudadano y se sienten intocables porque “hicieron política”. Una auditoría de lenguaje, conducta y desempeño bastaría para evidenciar que la mayoría no pasa la prueba.

Lo mismo ocurre con las licitaciones públicas, los concursos por mérito y los contratos estatales: pareciera que todos tienen nombre y apellido antes de publicarse. Panamá es pequeño, pero su corrupción es tan grande que donde pongas el dedo sale pus. En zonas golpeadas por el narcotráfico, muchas familias viven directamente del crimen; la violencia no es un accidente, es un modo de vida aprendido.

5. Corrupción estructural y reproducción de pobreza

“La corrupción institucional no solo roba recursos; roba futuro, reproduce pobreza y legitima la violencia como forma de acceso a bienes.”
— Eugenio Raúl Zaffaroni, En busca de las penas perdidas (2000)

Lo más inquietante es que esta subcultura del juega vivo también se legitima desde ciertos espacios religiosos, donde el mensaje espiritual se reduce a una lógica transaccional: “dale a Dios para que Dios te dé”, «Pacta y sella la Palabra», «Siembra en buena tierra y cosecharás tu promesa» y falacias argumentativas como estas. Este discurso, presentado como fe, normaliza la codicia y la avaricia, y abre paso al orgullo y a la vanidad como signos de “bendición”. De ahí que muchos feligreses construyan su identidad espiritual desde la apariencia y el ribeteo de la vestidura, bajo la excusa de “vestirse para el Señor”, cuando en realidad buscan reconocimiento y estatus social. No es una novedad teológica: es la misma tentación del desierto, cuando se exige a Jesucristo que convierta piedras en pan para demostrar que es Hijo de Dios (“Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”). La corrupción simbólica nace precisamente allí, en la exigencia de ostentar y probar mediante lo visible. Desde la criminología del poder, estos dispositivos religiosos funcionan como mecanismos de legitimación moral que encubren prácticas de acumulación, jerarquización y control, debilitando la contención ética y reproduciendo una economía de la fe alineada con la vanidad que dicen combatir.

Cuando la fe se convierte en espectáculo y la bendición en demostración pública, el espacio religioso deja de ser contención ética y pasa a operar como un dispositivo de legitimación de la codicia. Desde la criminología cultural, esta distorsión no es inocua: normaliza la desigualdad, justifica la acumulación sin responsabilidad social y refuerza una pedagogía de la apariencia donde tener vale más que ser. Allí donde la espiritualidad se mide por lo visible, el poder se sacraliza, la crítica se silencia y la corrupción encuentra un lenguaje piadoso para reproducirse sin culpa.

El lenguaje que circula en los videos virales navideños no es exageración ni ficción. Es real. Como criminólogo y analista etnolingüístico de calle, conozco la jerga, los gestos, los tonos y los cuerpos que hablan. Frases como las siguientes no son cuentos; son escenas diarias: “¿Qué chucha me vas a estar escribiendo si no mandas la pensión, hijueputa?” “Mándame el Yappy ya, deja la huevazón, siempre un cuento, siempre sin plata.”

No es solo violencia verbal: es el reflejo de una sociedad cansada, rota y sin códigos compartidos. Panamá no enfrenta solo un problema económico o político; enfrenta una crisis moral, cultural y lingüística que explica mucho más de lo que los discursos oficiales quieren admitir.

6.  Desestructuración familiar como factor criminógeno

“La ruptura de la estructura familiar no es consecuencia del delito: es uno de sus principales factores generadores.”
— Edwin H. Sutherland, Principles of Criminology (1947

La jerga del sábado: dinero, vicio y violencia doméstica en Panamá

Hay una escena que se repite cada semana en Panamá y que explica mejor que cualquier informe oficial cómo se descompone la vida familiar y social. Es sábado. Muchas mujeres esperan que el marido o la pareja llegue con el salario semanal para ir al supermercado, cubrir lo básico, comprar comida, pagar deudas mínimas. Pero ese dinero rara vez llega completo, y a veces no llega en absoluto.

El patrón es conocido y tolerado: hombres que cobran en la construcción, en oficios manuales o en trabajos temporales y, en vez de volver a casa, se van directo a las casas de cita, al licor, a la charanga, a los amiguitos, a la parranda interminable. Dos días después aparecen pidiendo comida, perdón o sexo, con el bolsillo vacío y una lista de excusas gastadas. Es allí donde estalla la violencia. No nace de la nada: es consecuencia directa de una economía doméstica destruida por el vicio y la irresponsabilidad, ante la mirada pasiva de un Estado que conoce perfectamente esta dinámica y no la interviene.

7. Continuidad intergeneracional del conflicto doméstico

“Las mujeres que crecen en hogares violentos tienden a reproducir los mismos patrones discursivos y relacionales, no por elección, sino por aprendizaje estructural.”
— Salvador Minuchin, Families and Family Therapy (1974)
IV. Factores causales endógenos (internos a la sociedad)

La jerga que emerge no es invención; es habla viva, cotidiana, escuchada en calles, casas y chats: “¿Qué chucha me vas a estar escribiendo tú si no me das la pensión, hijueputa? Manda la plata de los pelados.”

La discusión escala rápido, alimentada por semanas, meses o años de abandono: “Esta verga se acabó porque tú andas con tu fokin huevazón;  que no te han pagado,
que te van a renovar contrato,
que te liquidaron, que fuiste al Ministerio del Trabajo…y siempre la misma history ‘k sopa contigo’, nunca hay plata. Chucha madre, estoy cabreada de esta huevazón.”

La exigencia no es un capricho; es supervivencia: “Mándame mi Yappy ya. Tú sabes cómo es esto. Donde tú llegues aquí sin ninguna real,
vas a ver la cuchillada que te voy a dar pa’ que dejes de ser maricón.”

El reclamo apunta directo al núcleo del problema:

“Siempre te gastas la plata con tus amiguitos, en la Bombonera, en la Bocatoreña, la Interiorana, en Dysnaty, en cantinas de calle K, calle J, por la Peatonal, en bares de Calidonia, El Chorrillo, San Miguelito, Panamá Oeste, y en cualquier esquina donde haya licor, música y parranda. Siempre es lo mismo: cerveza, rumba y calle, mientras la casa queda vacía. ¿O es que tú te casaste con tus amigos o es que te gusta el pipí?”

La escena se vuelve aún más cruda cuando se mezcla el chantaje afectivo con la economía rota: “Aquí estoy yo, de chuchona. Ven, ven…que cada vez que te la doy no me das plata, pero sí tienes pa’ tu feeling, tu marihuana y fumá con tus amiguitos, cuecón.”

Este intercambio no es anecdótico ni marginal. Es consuetudinario. Resume una cultura donde el dinero se diluye en el vicio, la paternidad se evade, la violencia intrafamiliar se normaliza y las autoridades miran hacia otro lado. Después, el mismo sistema se escandaliza por los golpes, los cuchillos, los femicidios y los niños que crecen sin estructura.

Como criminólogo y analista etnolingüístico de calle, afirmo que el lenguaje no crea la violencia: la delata. La jerga revela una sociedad sin prioridades, donde el salario no se planifica, la responsabilidad no se asume y el conflicto se resuelve a gritos, amenazas y golpes.
Panamá no tiene solo un problema económico.

Tiene un problema cultural, doméstico, lingüístico y moral, que se repite cada sábado, cada quincena y cada generación, mientras el Estado finge sorpresa y el país sigue girando sobre el mismo círculo de miseria y violencia.

8. Anomia y pérdida de referentes éticos

“Cuando una sociedad deja de ofrecer normas claras y alcanzables, los individuos recurren a cualquier medio disponible para sobrevivir.”
— Émile Durkheim, The Division of Labor in Society (1893)
V. Factores causales exógenos (Estado, economía y poder).

Este artículo no pretende dictar moral ni repartir culpas individuales. Pretende hacer visible una normalidad violenta que muchos prefieren llamar costumbre. Nombrar la realidad no la crea; silenciarla sí la perpetúa.

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