
Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez / Criminólogo, Periodista, Lingüista, Perito Forense Experto en Análisis de Imagen y Contenido, Bombero, Músic, Pastor Callejero del Gueto
Janucá recuerda que la luz vence a la oscuridad. Ningún odio, ninguna bala y ningún fanatismo podrán apagar la dignidad de la vida humana. MAAP
El reciente tiroteo en Sidney Australia, ocurrido mientras ciudadanos judíos celebraban la festividad de Janucá, vuelve a encender las alarmas sobre el resurgimiento del antisemitismo armado y la expansión del terrorismo ideológico. Atacar civiles en un contexto religioso no es un hecho aislado: es una señal grave de radicalización global y una amenaza directa a la convivencia, la libertad de culto y la vida humana.
Atacar civiles en un acto de fe no es protesta ni resistencia: es terrorismo. La violencia contra el inocente profana lo sagrado y hiere a toda la humanidad. MAAP
El ataque es condenable, alarmante y moralmente inaceptable. La violencia ejercida contra personas reunidas en un acto de fe no solo vulnera derechos humanos fundamentales, sino que profana lo sagrado, convierte la religión en objetivo militar y profundiza una narrativa de odio basada en la deshumanización del otro. Cuando la fe es usada como blanco, el mensaje no es político: es terror.
Nada justifica la violencia contra civiles inocentes, sin importar su origen, credo o nacionalidad. La instrumentalización de la religión —judía, cristiana o musulmana— como excusa para matar constituye una maldad impía, una degradación ética que anula cualquier pretensión de justicia o causa legítima. Estos actos no son protestas ni resistencia: son expresiones de terrorismo, síntomas de una radicalización que, si no se enfrenta con firmeza desde el derecho y la cooperación internacional, continuará extendiéndose.

Este reproche debe ser coherente y universal. Así como es inadmisible el ataque armado contra judíos que celebran Janucá, también lo es la muerte de civiles inocentes en la Franja de Gaza, donde mujeres, niños y ancianos sufren una violencia que no eligieron. La defensa de la vida no admite dobles estándares: toda sangre inocente clama, ya sea en una sinagoga atacada o bajo los escombros de un bombardeo. Normalizar una y condenar otra es una forma de injusticia.
La historia demuestra que el odio religioso y étnico, cuando se relativiza o se justifica según conveniencias políticas, siempre escala. Callar ante el antisemitismo armado, minimizar el terrorismo o excusar la muerte de civiles por razones ideológicas permite que el miedo sustituya a la convivencia y que la violencia se convierta en lenguaje político. El silencio selectivo no es neutralidad: es complicidad.

Desde el Derecho Internacional Humanitario y los Derechos Humanos, los ataques deliberados contra civiles, lugares de culto y celebraciones religiosas constituyen crímenes graves que deben ser investigados y sancionados. La comunidad internacional tiene la obligación de prevenir, condenar y perseguir estas conductas, sin selectividad ni impunidad, reforzando los mecanismos de protección a minorías religiosas y poblaciones civiles en contextos de conflicto.

sobre la sangre de los pueblos. MAAP
Hoy más que nunca, correponde condenar sin ambigüedades, proteger a las comunidades vulnerables y reafirmar que la paz no se construye con balas, ni con discursos de odio, ni con la sacralización de la venganza, sino con justicia, responsabilidad, memoria y humanidad compartida.
Que HaShem (השם), Señor de la vida y de la paz, consuele a las víctimas, proteja a los inocentes y confunda todo plan de odio y violencia. Que el clamor de la sangre derramada no alimente la venganza, sino que despierte la conciencia de los pueblos y de sus gobernantes. La fe no fue creada para matar, sino para sanar; no para dividir, sino para reconciliar. Que la luz —como la que simboliza Janucá— prevalezca sobre la oscuridad del terror y del fanatismo.

pero administran la guerra en los mercados. El mismo poder que promete estabilidad invierte en armas, financia conflictos y normaliza el terror como modelo de negocio. MAAP
Lo ocurrido en Australia no es un hecho aislado ni un accidente histórico: es una advertencia global. La violencia que hoy irrumpe en un cine, en una celebración religiosa o en una calle cualquiera, es el resultado de una arquitectura internacional de guerra sostenida por la carrera armamentista. Mientras los pueblos claman por paz y seguridad, existen actores que fabrican armas, las comercializan, las triangulan y terminan vendiéndolas —directa o indirectamente— a quienes luego son llamados terroristas. Esa es la gran contradicción de nuestro tiempo.
Ha llegado el momento de que los Estados, sin excepciones ni dobles discursos, alcen una sola voz contra esta hipocresía estructural. No se puede condenar el terrorismo con una mano mientras con la otra se alimenta la industria que lo hace posible. No se puede llorar a las víctimas y, al mismo tiempo, proteger los intereses económicos que convierten la guerra en un negocio rentable y permanente.
La verdadera lucha contra el terrorismo no comienza con más armas, sino con coherencia política, transparencia internacional y una ética global que ponga la vida por encima del lucro. Descubrir la mentira de la carrera armamentista es el primer paso para desmantelar el ciclo del odio: sin armas no hay terroristas; sin compradores, no hay fabricantes; sin silencio cómplice, no hay impunidad. La paz exige valentía, verdad y decisión colectiva.

