“Inflamación, Intestino y Mente: Crónica de un Cuerpo que se Negó a Morir”

“Entre la herida y la ciencia: cómo los colorantes sintéticos y la inflamación revelan el lenguaje oculto del cuerpo humano.”

“Cuando el intestino enferma de lo que come y la mente despierta de lo que calla.” #MAAP

Así quedó mi abdomen el 27 de julio de 2021: una línea de vida marcada por la cirugía y un ostoma que me permitió seguir respirando.
Con el tiempo, la hernia ventral fue creciendo, desplazando mis órganos y transformando el cuerpo en un mapa del dolor… pero también de la resistencia.

Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez / Criminólogo, Periodista, Lingüísta, Perito Forense Experto en Análisis de Imagen, Músico, Bombero profesional, Pastor Callejero del Ghetto
#MAAP | Ideas Cómplices @amaapchino

Hace cuatro años fui ostomizado, un 27 de julio de 2021. El diagnóstico formal decía “diverticulitis severa con perforaciones”, pero detrás de esa etiqueta médica había algo más profundo: una inflamación intestinal crónica causada por alergias no diagnosticadas al gluten, a la lactosa, a los colorantes e incluso al yodo. Aquella historia no fue solo médica; fue espiritual, científica y emocional. Y fue mi cuerpo el que la narró.

Aquel 27 de julio de 2021 comenzó mi verdadera batalla por la vida.
No fue solo una cirugía: fue un renacer entre bisturís, drenajes y oraciones.
El diagnóstico decía “diverticulitis aguda abscedada con microperforaciones”,
pero la historia decía: Dios aún no había terminado conmigo.

Marcos Aurelio Álvarez Pérez 
Ideas Cómplices · #MAAP

Cuatro años después, el 29 de julio de 2025, la historia volvió a escribirse sobre la misma cicatriz. Me sometí a una cirugía que debía ser una reparación definitiva, pero terminó abriendo un nuevo capítulo de resistencia. Tras el alta médica el 5 de agosto, mi cuerpo colapsó al día siguiente: me tranqué por completo, sin poder evacuar ni orinar. El 7 de agosto fui reingresado y el 12 me intervinieron nuevamente de urgencia. Había ocurrido un derrame de contenido fecal. Morí un poco y renací en la misma mesa de operaciones.

Después de la cirugía del 29 de julio, volví a ver el sol el 5 de agosto, creyendo que todo había terminado,
sin imaginar que la verdadera batalla apenas comenzaba. A veces la vida te da el alta médica, pero no el alta del destino.
Tomografía contrastada de abdomen y pelvis del 11 de agosto de 2025
En aquel quirófano, entre el dolor y la luz, volví a nacer.
Cada puntada fue una oración, cada hilo, una promesa de vida.
El cuerpo se remienda, pero el alma aprende a agradecer.
— Marcos Aurelio Álvarez Pérez · Ideas Cómplices · #MAAP

En este proceso límite, debo dejar constancia de la experticia médica y humana del doctor Javier Díaz, cirujano que encabezó un equipo ejemplar integrado por médicos residentes, médicos internistas, personal de enfermería y equipo técnico, cuyo cuidado clínico y trato digno fueron determinantes para devolverme a una vida funcional. Fue el doctor Díaz quien, aquel 27 de julio de 2021, en la Caja de Seguro Social, tomó decisiones quirúrgicas cruciales que salvaron mi vida frente a un cuadro severo de diverticulitis complicada: un tumor gangrenado que había microperforado el colon y generado colecciones fecales. Su precisión médica, sumada al compromiso colectivo del equipo de salud, no solo contuvo una emergencia vital, sino que marcó el inicio de mi retorno a la normalidad física y humana.

Tras la cirugía de reparación del colon y el retiro de la hernia ventral el 29 de julio de 2025, la vida volvió a colocarse nuevamente en un punto crítico.

Alta médica: 19 de septiembre de 2025.
Dos cirugías en menos de un mes —29 de julio y 12 de agosto— y un solo milagro: seguir vivo.

El 12 de agosto, ante un derrame masivo de contenido fecal, el doctor Javier Díaz volvió a intervenir con la misma solvencia, temple y claridad clínica que lo caracterizan. Junto a su equipo médico, actuó con precisión quirúrgica y coordinación multidisciplinaria para contener una emergencia que amenazaba nuevamente mi existencia. Una vez más, su experticia como cirujano y el compromiso del personal de salud fueron decisivos para arrancarme de la muerte y devolverme a la vida, confirmando que cuando el conocimiento médico se une a la vocación humana, la esperanza no es un discurso, sino un acto concreto.

Permanecí hospitalizado hasta el 19 de septiembre. Aquellos días fueron una frontera entre la vida y la nada, un espejo que me recordó que el cuerpo humano no es solo materia: es el escenario donde Dios y la ciencia se encuentran para sostenernos. Hoy entiendo que cada cicatriz, visible o interna, es un sacramento de la supervivencia.

44 días en cuidado semintensivo de la Especializada de la CSS. Luego 21 días en sala de observación para ver cómo evolucionaba mi digestión y la función del colon finalmente reconectado.
De la camilla al espejo: dos cirugías, un solo propósito.
Sobreviví al derrame fecal, a la anestesia, y a mí mismo.
Dios y la ciencia me devolvieron de donde nadie suele regresar.
Dormía con los ojos de Dios sobre mí.
El cuerpo rendido, el espíritu despierto.
Hay sueños que son cirugías del alma.

Mi cuerpo ha hecho lo que toda mi vida hizo siempre:
sobrevivir en silencio, resistir sin espectáculo, sanar sin aplausos.

Reingreso y microperforación

Después de mi salida hospitalaria del 19 de septiembre de 2025 —cuando pensábamos que lo peor había pasado— mi cuerpo volvió a hablar con el lenguaje que nadie quiere escuchar: el dolor. Dos meses después, el 23 de noviembre, sufrí una nueva microperforación intestinal. Una fuga de apenas 8 cc de material fecal hacia la cavidad abdominal, una cifra que para la estadística médica puede parecer pequeña, pero que para un organismo operado, adherido y fatigado por cirugías previas, representa una amenaza silenciosa. No había fiebre, no había signos de obstrucción, solo un dolor en los cuadrantes superiores y una hernia paraestomal que reducía, como si el cuerpo intentara esconder la gravedad del daño. Esa noche comprendí que la inflamación intestinal no es un evento: es una biografía. El intestino recuerda, se defiende, se inflama y, cuando algo se rompe adentro, la mente también se desordena.

“Aquí está el hombre en la cama hospitalaria,
pero el relato lo escribe él, no el dolor.” MAAP

Colecciones, antibióticos y la línea invisible entre vida y muerte

Gracias al trato amable, la comprensión y la confianza del cirujano Javier Díaz, a quien escribí el 23 de noviembre, acudí en ambulancia al hospital siguiendo su indicación inmediata. Desde ese primer contacto, el doctor manifestó su sospecha clínica de que podía tratarse de una brida u obstrucción intestinal. Aquella hipótesis, que ambos intuíamos pero nos resistíamos a aceptar, confirmó con el CAT realizado la noche del 24 de noviembre, donde la evidencia diagnóstica reveló con claridad lo que el criterio médico ya había anticipado.

La tomografía reveló lo se sospechaba medicamente y yo en mi propio cuerpo: una colección intrabdominal anfractuosa en fosa ilíaca derecha, extendiéndose hacia la excavación pélvica. Apenas 8 cc de contenido fecal, retenidos en una cavidad que ya conocía bisturíes y suturas de otras guerras: Hatmann en 2021, y en 2025 el desmantelamiento de la colostomía, varios lavados de cavidad, liberación de adherencias y reconstrucciones sucesivas.

“Hartmann en 2021” = cirugía radical para salvar la vida
“el desmantelamiento” = romper el funcionamiento normal del intestino para evitar la muerte

Esta vez, el tratamiento fue intensivo pero no invasivo: ciprofloxacina y metronidazol intravenosos, un ejército químico que evitó el paso al quirófano. Seis días hospitalizado, sin fiebre, con laboratorios que mostraban la lucha —leucocitos a 13 el primer día, bajando a 7.9 al final— y una herida quirúrgica estable que, como yo, se negaba a infectarse de miedo. Salí el 30 de noviembre, estable, tolerando vía oral, caminando otra vez, como quien sale de una batalla silenciosa. Nadie imagina que ocho centímetros cúbicos pueden poner la vida en suspenso, pero los cirujanos lo saben: es en las fugas más pequeñas donde el cuerpo decide si vive o se rinde.

CAT del 24 de noviembre de 2025

En medicina, la microperforación se mide en centímetros cúbicos.
En la vida, se mide en años de dolor, cicatrices y valentía.
Yo aprendí que el intestino no solo procesa comida: procesa historia.


Crónica de un cuerpo que no se rindió.

1. El intestino como segundo cerebro:


El 80% de los neurotransmisores (como serotonina, dopamina, noradrenalina, acetilcolina, histamina y GABA) se producen o regulan desde el intestino.
Cuando el intestino está inflamado, las neuronas no se conectan bien, y eso genera no solo síntomas digestivos, sino también ansiedad, depresión, niebla mental, insomnio y cambios en la conducta.
Lo que comemos influye directamente en lo que sentimos y en cómo pensamos.


2. Alergias silenciosas, emociones ruidosas:


El sistema médico tradicional muchas veces no detecta las intolerancias alimentarias no celíacas, ni la sensibilidad acumulativa al yodo, conservantes, colorantes o pesticidas.
Mi cuerpo lo decía claro: “esto me intoxica”. Pero los exámenes clínicos estándar no lo captaban.


3. La crisis que lo cambió todo:


Una noche mi abdomen estalló en dolor. Urgencias. Cirugía. Ostomía. Fue un punto de inflexión. Y lejos de ser una derrota, fue mi renacer. La bolsa externa fue una ventana hacia dentro: me obligó a observar cómo el cuerpo grita cuando ya no puede más.


Allí comencé a leer sobre inflamación intestinal, permeabilidad del intestino, microbiota, neuroquímica. Supe que mi serotonina no bajaba por un trauma infantil solamente… sino porque mis enterocitos estaban deteriorados por químicos que no debí consumir nunca.


La ostomía llegó como una medida de emergencia. Y lejos de ser una derrota, fue mi renacimiento.
A partir de ahí comencé una investigación personal: cómo la inflamación intestinal bloqueaba mi producción de serotonina y me sumía en episodios profundos de ansiedad, tristeza y agotamiento.


Empecé a suplementar con GABA, a cambiar la dieta, a observar mis emociones como respuestas biológicas, no solo psicológicas.
Durante años, los exámenes médicos convencionales decían que todo estaba “normal”. Sin embargo, mi cuerpo hablaba otro idioma: un leve picor tras ciertos alimentos, diarrea sin causa aparente, cansancio extremo, cambios de humor.


Después descubrí que era sensible a componentes como la tartrazina (E102), el BHT (E321), el yodo procesado y otros aditivos derivados del petróleo. Muchos de ellos están presentes en colorantes artificiales, cosméticos, productos de limpieza y suplementos —incluido el ácido fólico que dan a mujeres embarazadas, el cual puede contener tartrazina.
4. Lo que aprendí:

La tartrazina, un colorante sintético derivado del alquitrán de petróleo, se asocia con reacciones alérgicas, hiperactividad infantil, inflamación intestinal y alteraciones neurológicas en personas sensibles.


La inflamación interna no es solo una condición médica. Es un estado del cuerpo que afecta el alma y distorsiona la mente.
El intestino está conectado al sistema nervioso, al inmunológico y al emocional.


Que el intestino no solo digiere alimentos, sino también emociones.
Que una inflamación puede disfrazarse de depresión, ira, apatía o insomnio.


Una dieta consciente, sin alérgenos ni ultraprocesados, puede salvar tu mente, no solo tu estómago.
Que no todo lo que dice la etiqueta es inocuo: «colorante natural» no siempre significa seguro.
Que el GABA, la dopamina y otros neurotransmisores dependen del equilibrio intestinal.


Al dejar el gluten, los lácteos, los aditivos artificiales,  la sal con yodo e incluso el berro abundante en yodo comencé a mejorar mi salud integral.

5. Una crítica amorosa al sistema de salud:


Muchos médicos no están preparados para abordar la salud intestinal desde una visión holística.
Se recetan ansiolíticos o antidepresivos sin investigar primero cómo está el intestino.
Yo mismo descubrí que mi ansiedad tenía causa física, no solo psicológica.

La tartrazina, derivada del alquitrán de petróleo, interfiere en la producción de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina. Su consumo frecuente puede alterar la conducta, favorecer episodios depresivos y agravar síntomas del espectro autista y de la hiperactividad.

Mi experiencia no solo fue biológica, también fue social y política. Dos años después de mi cirugía de colostomía, participé en una charla virtual con médicos desde Rosario, Argentina. Allí compartí mi hipótesis sobre el ácido fólico, la tartrazina y su posible relación con el autismo. De forma abrupta, una de las médicas presentes comenzó a insultarme y boicoteó la conversación. Las más de 60 personas conectadas abandonaron la sala virtual.
Horas más tarde, aún procesaba la violencia simbólica de aquella reacción. No solo se me negó el derecho a expresar una experiencia vivida con base en observación clínica y personal, sino que también se puso en evidencia el profundo miedo que genera cuestionar las prácticas normalizadas por la industria médica y farmacéutica. La intolerancia al disenso revela algo más que un simple desacuerdo: es el reflejo de un sistema que protege sus intereses incluso a costa de silenciar testimonios incómodos.


Lo sucedido aquella tarde no fue un simple malentendido académico; fue una advertencia social: si te atreves a cuestionar la narrativa oficial, serás aislado. Pero mi propósito no es confrontar por confrontar, sino invitar a una reflexión urgente sobre las implicaciones éticas de lo que consumimos, de lo que se receta, y de los silencios médicos que permiten que aditivos como la tartrazina sigan circulando en productos destinados incluso a los más vulnerables: mujeres embarazadas, niños, pacientes crónicos.

Ácido fólico con tartrazina.


Tartrazina, ácido fólico y neurodesarrollo: una alerta desde la experiencia personal y la ciencia


Durante años fui donante regular de sangre hasta que un descenso abrupto de hemoglobina, cercano a los 11 g/dL, encendió las alarmas en el departamento de Hematología. En el intento de recuperar mis niveles, se me recetó ácido fólico, un suplemento común para tratar la anemia. Sin embargo, al leer detalladamente la etiqueta del medicamento, me topé con una advertencia que cambiaría mi vida: «No tomar este producto si es alérgico a la tartrazina». Ese descubrimiento coincidió con los episodios de shock anafiláctico que venía sufriendo sin explicación aparente —enrojecimiento intenso de la piel, cierre de la tráquea, dificultad respiratoria y prurito extremo en todo el cuerpo—. Fue allí cuando conecté los puntos: muchos medicamentos y alimentos procesados contienen este aditivo artificial derivado del petróleo, que en mi caso actuaba como un potente detonante.

No todo lo que da color da vida. La tartrazina invade el cuerpo silenciosamente, confundiendo al cerebro, robándole sus mensajeros químicos y tiñendo la conducta con sombras de depresión, hiperactividad y desconexión emocional.

Investigando más a fondo sobre la tartrazina (E102), comprendí su peligrosidad no solo en personas alérgicas, sino en su posible impacto sobre la salud neurológica de los fetos en desarrollo. Este colorante artificial, presente en múltiples productos farmacéuticos, vitaminas y alimentos, ha sido vinculado por diversos estudios científicos con alteraciones del sistema nervioso y cuadros neuroconductuales. En particular, preocupa su presencia en suplementos prenatales como el ácido fólico, que si bien es fundamental durante el embarazo, en dosis inadecuadas o combinaciones peligrosas —como aquellas con tartrazina— puede incidir en alteraciones del desarrollo fetal. Conversando con médicos internistas, confirmé que la dosis ideal de ácido fólico durante la gestación debe situarse entre los 0.4 mg y 0.8 mg diarios, no en cantidades de 1 o 2 gramos como erróneamente se ha suministrado en algunos casos. (USPSTF).


Todo esto me lleva a sostener una hipótesis preocupante: el uso indiscriminado de aditivos como la tartrazina podría ser uno de los factores invisibilizados en el aumento pandémico de diagnósticos de autismo y discapacidades cognitivas a nivel global. Aunque la investigación no prueba que los colorantes alimentarios causen directamente el trastorno del espectro autista, parece existir una relación que merece ser explorada más a fondo. (PubMed)

Derivados del petróleo usados en alimentos y su impacto


🧪Colorantes artificiales derivados del petróleo
1. Tartrazina (E102)
Color: Amarillo intenso (amarillo #5 en EE.UU.)
Derivado del benceno (petróleo).
Relacionado con: alergias, hiperactividad, migrañas, alteraciones intestinales.


2. Amarillo ocaso FCF (Sunset Yellow, E110)


Derivado de la naftalina (petróleo).
Riesgo de: urticaria, problemas digestivos, reacciones en personas asmáticas.

3. Rojo Allura AC (Red #40, E129)
Derivado del alquitrán de hulla (coal tar).


Estudios han relacionado su consumo con inflamación del colon, déficit de atención, e hiperactividad.


4. Azul brillante FCF (Blue #1, E133)
Pigmento sintético a partir de hidrocarburos.


Puede causar reacciones adversas gastrointestinales y sensibilidad en niños.


5. Verde S (Green #3, E143)
También de origen petrolero.
Estudios lo vinculan con tumores en animales de laboratorio.


🧪 Conservantes y saborizantes sintéticos


1. BHT (Butilhidroxitolueno, E321)
Antioxidante sintético hecho del tolueno (derivado del petróleo).
Presente en cereales, snacks, gomas de mascar.
Ligado a disrupción endocrina y toxicidad intestinal en modelos animales.

2. BHA (Butilhidroxianisol, E320)
También derivado del petróleo.
Usado en alimentos procesados, papas fritas, cereales.
Posible carcinógeno según el Instituto Nacional de Toxicología de EE.UU.


3. Propilgalato (E310)
Derivado sintético de los hidrocarburos.
Usado como conservante en grasas y aceites.
Asociado con irritación intestinal y potencial alérgeno.


4. MSG (Glutamato monosódico)
No es derivado del petróleo, pero muchas veces se potencia con compuestos sintéticos que vienen de la industria petroquímica.
Contribuye a sobreestimulación de neurotransmisores y posibles efectos en intestino-cerebro.


📌 Estudios recientes y advertencias
En EE.UU., estudios del Environmental Working Group (EWG) y la American Cancer Society han señalado una relación entre el consumo prolongado de colorantes derivados del petróleo y un aumento en la inflamación intestinal, lo que puede actuar como un precursor de cáncer colorrectal.


Europa ha comenzado a restringir o etiquetar obligatoriamente varios de estos aditivos.


En Estados Unidos, todavía están permitidos muchos de estos compuestos, especialmente en productos dirigidos a niños.


✅ Alternativas seguras:
Colorantes naturales: cúrcuma (E100), betabel, espirulina, clorofila, carmín (de la cochinilla), zanahoria, achiote.


Conservantes naturales: ácido ascórbico (vitamina C), extracto de romero, vinagre, sal marina no refinada.

Ácido fólico, tartrazina y el negocio de la enfermedad: una experiencia personal con implicaciones éticas, médicas y sociales


Durante años fui un donante regular de sangre, convencido de que ese acto altruista salvaba vidas. Sin embargo, mi hemoglobina comenzó a descender sin razón aparente, llegando a niveles de 11 y en muchos casos hasta 9, lo que provocó mi exclusión como donante. Los médicos me recetaron ácido fólico para recuperar el nivel de hierro en sangre, sin advertirme que este suplemento podía contener tartrazina, un colorante artificial derivado del petróleo.

Una tarde, al leer la letra pequeña de la caja del ácido fólico, descubrí la advertencia: “No tomar este producto si es alérgico a la tartrazina”. Esa frase activó mi memoria. Por años había sufrido episodios de anafilaxia: enrojecimiento extremo de la piel, cierre de la tráquea, picazón generalizada, falta de respiración. Nadie los había relacionado con mis alimentos o medicamentos, pero ahora todo encajaba. Comencé a investigar profundamente sobre este aditivo conocido como E102, ampliamente utilizado en la industria alimentaria y farmacéutica.


Descubrí que la tartrazina está presente en muchos medicamentos, suplementos vitamínicos y productos dirigidos a mujeres embarazadas, como el ácido fólico. Diversos estudios alertan sobre su impacto en el sistema neurológico y conductual. Al conversar con médicos internistas, supe que el ácido fólico debería administrarse durante la gestación en dosis mínimas (0.4 a 0.8 mg), y no en unidades de gramos como algunas fórmulas comerciales lo hacen. La combinación de una dosis elevada con tartrazina podría ser un detonante de alteraciones en el neurodesarrollo fetal.


¿Existe una relación entre esta exposición química prenatal y el creciente número de casos de autismo? Aunque la ciencia aún no ha emitido una conclusión definitiva, hay suficientes señales de alerta para considerar que algunos factores ambientales y farmacológicos pueden estar contribuyendo al aumento exponencial de trastornos del espectro autista y otras discapacidades cognitivas. Esta posibilidad merece atención, reflexión ética e investigación profunda.


Lo sucedido aquella tarde no fue un simple malentendido académico; fue una advertencia social: si te atreves a cuestionar la narrativa oficial, serás aislado. Pero mi propósito no es confrontar por confrontar, sino invitar a una reflexión urgente sobre las implicaciones éticas de lo que consumimos, de lo que se receta, y de los silencios médicos que permiten que aditivos como la tartrazina sigan circulando en productos destinados incluso a los más vulnerables: mujeres embarazadas, niños, pacientes crónicos.


Mi cuerpo se convirtió en campo de batalla y también en evidencia. Lo que viví me enseñó que no basta con confiar ciegamente en lo que la etiqueta no dice, en lo que el médico no advierte, o en lo que la sociedad da por sentado. La medicina debería humanizarse, reconocer la bioindividualidad, y ser capaz de escuchar más allá de los protocolos. Porque cuando el lucro sustituye al cuidado, la enfermedad deja de ser una circunstancia para convertirse en negocio.


Desde mi testimonio como paciente, sobreviviente de anafilaxia y portador de ostomía, hago un llamado a revisar lo que estamos ingiriendo sin conciencia, lo que las futuras madres reciben como «suplemento» y lo que se permite en la industria alimentaria y farmacéutica sin regulaciones estrictas. La prevención del autismo, los trastornos del aprendizaje y otros cuadros neurológicos podría comenzar por mirar hacia lo invisible: los ingredientes, los aditivos y las dosis.

Un colorante asesino.

A) Acido fólico y la dosis diaria en el periodo de gestación de los bebés y el #autismo

Derivados del alquitrán de petróleo como la tartrazina, el benceno y otros colorantes sintéticos se filtran en alimentos, cosméticos y medicamentos, afectando el sistema nervioso, hormonal e intestinal. Un veneno legalizado en nombre del consumo.

1. Dosis recomendada de ácido fólico en embarazo. Las guías clínicas recomiendan 0.4–0.8 mg/día para quienes planean o pueden quedar embarazadas; 0.6 mg/día ya en embarazo. Dosis de 5 mg se reservan para altísimo riesgo (antecedente de defectos del tubo neural, ciertos fármacos, etc.).

2. Relación ácido fólico–autismo. Estudios observacionales han reportado que la suplementación periconcepcional se asocia con menor riesgo de trastorno del espectro autista (TEA) en algunos subgrupos; en general, no hay evidencia concluyente de que incluso dosis más altas aumenten el riesgo de TEA.

3. Tartrazina (E102/FD&C Yellow No.

4. Es un colorante sintético regulado; en la UE debe llevar la advertencia “puede afectar negativamente la actividad y atención en niños”. La evidencia humana liga mezclas de colorantes con síntomas tipo TDAH en algunos niños; en autismo, la evidencia es escasa.

5.  Mecanismos biológicos hipotéticos. Se ha discutido el papel de ácido fólico no metabolizado en sangre con suplementación alta, pero no hay pruebas concluyentes de efectos adversos clínicos; y sobre tartrazina existen estudios en animales con estrés oxidativo/neuroconducta, que no equivalen a causalidad en humanos.

“El ácido fólico protege el desarrollo neurológico fetal y previene defectos del tubo neural.”
Marcos Aurelio Álvarez Pérez

B) Hipótesis, formulada con precisión

Hipótesis #MAAP (doble factor):

En algunos contextos de mercado, la combinación de (1) suplementación gestacional con dosis elevadas de ácido fólico (p. ej., 5 mg/día) fuera de indicación de alto riesgo y (2) exposición concomitante a tartrazina presente como colorante/excipiente en ciertas presentaciones de ácido fólico o prenatales, podría incrementar el riesgo de alteraciones neurodel desarrollo (incluyendo TEA y otros trastornos del neurodesarrollo) en la descendencia, vía mecanismos de disrupción del metabolismo del folato, formación de ácido fólico no metabolizado, estrés oxidativo y/o inflamación neuroinmune, en subgrupos susceptibles (polimorfismos MTHFR, FRα-autoanticuerpos, etc.).

Predicciones falsables:

(P1) Lotes/productos con tartrazina y dosis ≥1–5 mg mostrarán mayor probabilidad de UFA en sangre materna (biomarcador intermedio).

(P2) En cohortes poblacionales, la exposición combinada (alta dosis + tartrazina) se asociará a mayor riesgo de TEA vs. baja dosis sin colorantes, tras ajustar confusores.

(P3) En modelos animales perinatales, folato alto + tartrazina producirá efectos sinérgicos en marcadores de estrés oxidativo/neurocomportamiento vs. cada factor solo.

C) Cómo probarla (plan de investigación)

1. Trazabilidad de productos y excipientes.

Análisis químico de tabletas/prenatales en el mercado (HPLC/LC-MS) para verificar tartrazina y cuantificar dosis reales.

Mapear etiquetado (con/sin colorantes) por marca y lote.

2. Estudios observacionales humanos.

Cohorte prospectiva (n>10,000): registrar dosis exacta de folato, marca/presentación, excipientes, dieta y confusores (edad, IMC, comorbilidades, medicación, nivel socioeconómico, exposición a ultraprocesados).

Subestudios biológicos: medir UFA, RBC folate, homocisteína, marcadores de estrés oxidativo, genotipado MTHFR, FRα-autoanticuerpos.

Análisis estadístico: modelos logísticos/Cox con interacción (dosis×tartrazina) y estratificación por susceptibilidad genética.

3. Modelos experimentales.

Ratón/ratona: dieta control vs. alta en folato, ± tartrazina en rango sub-ADI humano; evaluar neuroconducta, citocinas, ROS, metilación.

Organoides cerebrales: exposición crónica a UFA ± metabolitos de tartrazina; endpoints de sinaptogénesis y transcriptómica.

4. Ecología de mercado y tendencias.

Series temporales: penetración de prenatales con colorantes y cambios diagnósticos de TEA (controlando el gran confusor: ampliación de criterios diagnósticos).


Este artículo está basado en mi experiencia personal, con fines divulgativos y preventivos. Se invita a las autoridades de salud, investigadores, madres gestantes y profesionales médicos a investigar más profundamente los posibles efectos acumulativos de la tartrazina en la población más vulnerable: los niños en formación desde el vientre materno.


El alquitrán y la tartrazina son los colores del engaño moderno: tóxicos disfrazados de sabor, fragancia y bienestar. Envenenan lentamente la mente, el intestino y la conciencia de una humanidad adicta a lo artificial.

No solo se me negó el derecho a expresar una experiencia vivida con base en observación clínica y personal, sino que también se puso en evidencia el profundo miedo que genera cuestionar las prácticas normalizadas por la industria médica y farmacéutica.

Hoy puedo afirmar, sin exageración ni retórica, que mi vida quedó sostenida por manos humanas guiadas por un propósito mayor. A través del conocimiento, la disciplina y la vocación del doctor y amigo, Javier Díaz y de todo su equipo médico, Dios me concedió una segunda y luego una tercera oportunidad de vivir. Entendí entonces que la fe también se manifiesta en los quirófanos, en las guardias silenciosas, en la ciencia bien aplicada y en quienes no se rinden ante la gravedad del diagnóstico. Sobreviví no solo por un acto médico, sino por una conjunción de misericordia, responsabilidad profesional y amor por la vida.

Conclusión: No estoy diciendo que lo mío sea receta para todos. Pero sí afirmo: escucha tu cuerpo. Si sientes que algo no va bien, investiga. Haz preguntas. No te conformes con diagnósticos que no explican tu sufrimiento.

Y si tienes una ostomía, no la vivas como una desgracia. Puede ser el comienzo de tu despertar.


Esta es mi historia. Pero podría ser la de cualquiera. Y quizás sea tiempo de que dejemos de callar.
Referencias científicas y médicas consultadas:

“Ácido fólico: entre la prevención y la conciencia científica”


1. EFSA (European Food Safety Authority). «Scientific Opinion on the re-evaluation of tartrazine (E 102) as a food additive». EFSA Journal 2009; 7(11):1331. DOI: 10.2903/j.efsa.2009.1331

2. Bamforth CW (2011). Coloring agents in food and their biological effects. Journal of Chemical Education, 88(9), 1260–1263.
3. James S.J., et al. (2004). «Metabolic biomarkers of increased oxidative stress and impaired methylation capacity in children with autism.» American Journal of Clinical Nutrition, 80(6), 1611–1617.

4. WHO/FAO. (2006). Vitamin and mineral requirements in human nutrition (2nd ed.). Capítulo sobre folato (ácido fólico) y su dosificación.

5. Walton K, Dorne JLCM, Renwick AG. (2004). «Uncertainty factors for chemical risk assessment: interspecies differences and human variability in the pharmacokinetics of drugs.» Food and Chemical Toxicology, 42(2), 397-421.

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