
Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez / Periodista / Criminólogo / Lingüista, Perito Experto en Análisis de Imagen y de Contenido / Bombero / Músico
I. La fantasía como laboratorio del alma
La fantasía es el primer territorio donde el ser humano se permite existir sin límites.
En ella, la conciencia proyecta deseos, resentimientos, frustraciones y pulsiones reprimidas que no puede realizar en el mundo real.
Como planteó Edmund Husserl, la fantasía pura no necesita afirmarse en la realidad: basta con representarla como posible.
Esa libertad de imaginar abre el camino a la creación artística, pero también al abismo moral cuando la imaginación se contamina de odio, venganza o poder.
La mente, en su afán de compensar carencias, construye escenarios donde el sujeto se siente invulnerable, amado o temido.
Así, el individuo que no domina sus fantasías comienza a vivir más en su ficción que en su verdad.
II. De la imagen al impulso: la estructura del paso al acto
En la teoría psicoanalítica, el paso al acto (le passage à l’acte) es el momento en que la fantasía deja de ser teatro mental y se vuelve acción concreta.
El individuo rompe la frontera simbólica entre lo imaginado y lo real; ya no piensa el acto, lo encarna.
El inconsciente, impulsado por la frustración o el deseo, invade la razón, y el sujeto ejecuta aquello que antes sólo contemplaba.
Este fenómeno no se limita a la criminalidad violenta. También se manifiesta en el político corrupto, el abusador emocional, el fanático que cree servir una causa divina, o el ciudadano que traiciona su ética por dinero o status.
Todos ellos viven primero en la fantasía del poder, antes de materializar su mentira en el mundo físico.
III. Fantasía criminal y autojustificación moral
El criminal no siempre busca placer, sino reparar una herida narcisista.
Su fantasía le permite sentirse fuerte ante lo que lo humilló o frustró.
Pero al pasar al acto, destruye aquello mismo que lo hacía humano: la conciencia de límite.
En la mente del agresor, el acto se convierte en “justicia personal”, una forma de restablecer su sentido de control. Sin embargo, esa ilusión de dominio es sólo una fantasía compensatoria, un espejismo del yo que se cree soberano de su destino cuando en realidad es esclavo de su inconsciente.
IV. Vida falsa y pérdida de la conciencia moral
Vivir en la fantasía es vivir sin responsabilidad.
El hombre que se alimenta de ficciones internas termina amando su propia mentira, confundiendo deseo con verdad.
De ahí nacen las vidas falsas: existencias sostenidas por apariencias, discursos, poses y justificaciones ideológicas.
El yo, extraviado en su laberinto simbólico, deja de sentir culpa; se autoexonera y se fabrica una ética a su medida.
“El crimen es el arte supremo de quien ya no distingue entre soñar y existir.”
— Marcos Aurelio Álvarez Pérez, Ideas Cómplices.
V. Conclusión: el verdugo interior
La fantasía es necesaria para crear, pero mortal cuando domina.
La imaginación es un espejo: puede reflejar la luz del alma o proyectar la sombra del ego.
El paso al acto, entonces, no es solo una conducta criminal, sino una metáfora existencial del hombre que deja de pensar, sentir y discernir.
“Quien no domina sus fantasías termina siendo esclavo de ellas,
y el esclavo que actúa sin conciencia se convierte en su propio verdugo». #MAAP

Editorial Ideas Cómplices – Marcos Aurelio Álvarez Pérez