✍️ Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez
Ideas Cómplices | #MAAP / Criminólogo (perito forense), Periodista, Lingüista, Experto en Análisis de Imagen y de Contenido, Bombero, Músico Saxofonista, Pastor Callejero del Ghetto.

Introducción
El presente análisis invita al lector a adentrarse en un recorrido complejo sobre la construcción de la identidad masculina, el peso de la vergüenza y la forma en que la atracción homoerótica puede entenderse como una respuesta simbólica frente a vacíos afectivos y experiencias de abandono. No se trata de un juicio moral, sino de una mirada reflexiva y comprensiva que busca iluminar las raíces emocionales y sociales de un fenómeno profundamente humano.
Este trabajo se nutre de un enfoque interdisciplinario, en el que convergen la criminología —con su capacidad para interpretar conductas y contextos—, la lingüística —como herramienta para desentrañar los discursos del yo y del otro—, la teología —en tanto horizonte de comprensión del ser humano y sus duelos interiores—, y el análisis de imagen —como recurso para visualizar los símbolos que marcan la identidad y la diferencia. La combinación de estas disciplinas permite ofrecer al lector un marco amplio, riguroso y a la vez sensible para comprender cómo la identidad masculina puede fragmentarse y reconstruirse a partir del reflejo del otro.
En las siguientes páginas se desarrolla una reflexión que busca comprender, antes que condenar, y aportar claves para mirar con mayor profundidad los procesos que atraviesan quienes experimentan la tensión entre vergüenza, atracción y búsqueda de reparación interior.
1. La construcción de la identidad masculina
David y Jonatán
«La amistad de David y Jonatán, descrita en la Biblia,
muestra que el amor profundo entre dos hombres
puede ser expresión de lealtad, confianza y cuidado genuino.
Cuando las heridas de la infancia son sanadas,
el vínculo masculino recupera su sentido más humano:
acompañar y sostener, no poseer.»

La identidad masculina se edifica en la intersección de las relaciones tempranas con los padres, la validación social y la vivencia personal del cuerpo. No obstante, cuando se produce una mala sintonía afectiva con las figuras primarias —sobre todo con el padre—, el niño puede experimentar esta desconexión como una expulsión o abandono sin retorno. En ese momento crítico, surge la percepción de no ser merecedor de atención, afecto y aprobación, tres pilares emocionales que nutren la seguridad del yo. El resultado inmediato es una fractura en la autoimagen masculina, un quiebre que pone en duda la solidez de la identidad.
2. La vergüenza como núcleo de la herida
La vergüenza se convierte en el eje alrededor del cual gira esta crisis. Tal como una espada de doble filo, aísla al sujeto tanto de sí mismo como de los demás. El niño aprende a ocultar sus ambiciones masculinas por temor a la humillación, y en su lugar, desarrolla la sensación de ser defectuoso, insignificante o sin valor. En casos de especial sensibilidad, incluso desear el vínculo emocional con el padre se convierte en motivo de vergüenza, lo que lleva a abandonar la expresión auténtica del yo masculino. Esta renuncia genera un vacío interior que, con el tiempo, se transforma en un duelo identitario.

Cita
La construcción de la identidad masculina, cuando se ve marcada por la vergüenza y el abandono afectivo, da lugar a una tensión interna que se expresa en la atracción homoerótica como forma de compensación. Este proceso, lejos de ser una simple orientación del deseo, refleja la búsqueda de integración de un yo fragmentado que se siente incompleto. Comprender esta dinámica permite situar el homoerotismo no solo como fenómeno sexual, sino como una estrategia psíquica para sobrevivir al vacío dejado por la vergüenza y la falta de sintonía afectiva en la infancia.

3. La atracción homoerótica como reparación ilusoria
En la adolescencia o adultez, la atracción hacia el mismo sexo aparece como una ilusión compensatoria. El vínculo homoerótico ofrece, aunque de manera transitoria, lo que la vergüenza arrebató: atención, admiración, contacto íntimo y reafirmación de la valía corporal. Dicho de otra manera, se convierte en un recurso narcisista que mitiga sentimientos profundos de humillación y debilidad. No obstante, este alivio es efímero, pues no sana la herida de la vergüenza, sino que la rodea de una reparación ilusoria. La homosexualidad, desde esta perspectiva analítica, funciona como un intento de cerrar la herida importando masculinidad desde el otro hombre.
4. El duelo de la diferencia
En última instancia, la atracción homoerótica se interpreta como un duelo existencial: el de sentirse diferente, incompleto o carente de un yo masculino autónomo. El sujeto experimenta que su identidad no existe como un núcleo consolidado, sino como un reflejo proyectado en el otro. Así, la posesión simbólica del otro hombre representa la esperanza de reparar la pérdida de la masculinidad interior. Sin embargo, esta dinámica deja al individuo atrapado en una paradoja: buscar en el otro lo que se percibe como inexistente en sí mismo.

5. Componente biológico de la atracción homoerótica
En el entramado de la identidad masculina y la experiencia de la atracción homoerótica, existe un componente biológico que no puede ser soslayado. Diversos estudios en neurobiología y psicología evolutiva sostienen que la atracción entre individuos del mismo sexo responde, en parte, a la acción de feromonas —sustancias químicas emitidas inconscientemente por el cuerpo— que actúan como señales olfativas capaces de despertar respuestas emocionales y conductuales en otros. Estas moléculas, procesadas por el órgano vomeronasal y por estructuras del sistema límbico, influyen en la percepción del otro, generando una forma de reconocimiento instintivo que trasciende la voluntad o la cultura (LeVay, 2011; Savic & Berglund, 2005).
Asimismo, la oxitocina, denominada por algunos neuroendocrinólogos como “la hormona del amor”, cumple un papel determinante en la configuración del vínculo afectivo. Liberada durante los momentos de cercanía física, intimidad o empatía, esta hormona fortalece los lazos de apego, reduce la ansiedad y consolida la sensación de pertenencia. Su efecto no se limita a lo sexual, sino que opera en la esfera de la vinculación emocional y la confianza, activando en el cerebro circuitos relacionados con el placer, la memoria afectiva y la seguridad emocional (Carter, 1998; Young & Wang, 2004).
En el marco de la atracción homoerótica, estos componentes biológicos se entrelazan con factores psicológicos y simbólicos, generando un entramado complejo donde el deseo no surge únicamente como impulso erótico, sino como una respuesta integral del ser humano en busca de conexión, afecto y validación. Así, la feromonalidad y la oxitocina se convierten en mediadores invisibles del encuentro entre cuerpos que, más allá de la identidad sexual, buscan saciar la necesidad primaria de vínculo y de reconocimiento mutuo.

Conclusión
Abandono paterno y desarrollo infantil
“El abandono paterno en la infancia no es un recuerdo aislado, es una herida que moldea el yo. Su eco se proyecta en la adultez como vacío afectivo, miedo al rechazo y búsqueda incesante de validación.”
Conclusión extendida
De este modo, el abandono emocional paterno no solo deja una herida simbólica en la estructura del yo masculino, sino que condiciona gran parte del mapa afectivo desde el cual el individuo se relaciona con los demás. La ausencia del padre, en sus dimensiones físicas o emocionales, abre un vacío que busca ser llenado a través del reconocimiento, la admiración o la imitación de la figura del semejante. Ese alter ego, que el sujeto encuentra en otro hombre, se convierte entonces en un espejo donde intenta restaurar la imagen fragmentada de su propia masculinidad.
Sin embargo, esta búsqueda no se limita al plano psicológico. También el cuerpo participa de este anhelo mediante la biología del afecto. Las feromonas, como mensajeras químicas del deseo, y la oxitocina, la llamada “hormona del amor”, intervienen en el proceso de vinculación, generando empatía, apego y sensación de pertenencia. De esa manera, lo que comienza como una respuesta neuroquímica puede convertirse en una necesidad emocional más profunda: la de ser visto, aceptado y amado por otro que refleja lo que se perdió.
Desde una mirada teológica, este anhelo de completitud encuentra su raíz en el deseo primario del alma por el Padre. El amor humano, con todas sus distorsiones y búsquedas, refleja una nostalgia divina: la necesidad de volver a una fuente de afecto absoluto que no traicione, no abandone y no juzgue. Así, la atracción homoerótica —en el contexto de la herida paterna— puede entenderse también como una metáfora del anhelo de reconciliación con la figura de Dios, que representa el amor perfecto, incondicional y sanador.
En última instancia, la unión entre lo psicológico, lo biológico y lo espiritual nos recuerda que el deseo humano no es un error, sino un lenguaje: un clamor cifrado en el cuerpo, en la mente y en el alma. Comprenderlo con compasión es dar un paso hacia la redención interior del ser, donde el hombre, en su búsqueda del otro, finalmente se reencuentra con sí mismo… y con Dios.

