Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez / Criminólogo, Lingüísta, Periodista y Perito Experto en Análisis de Imagen, Bombero, Músico, Pastor Callejero del Ghetto (#MAAP) – Ideas Cómplices @amaapchino – maapchino10.wordpress.com
El reciente episodio ocurrido en Yenín, donde soldados de la Fuerza de Defensa de Israel realizaron disparos de advertencia contra una delegación diplomática integrada por representantes de 30 países de Europa y otras naciones, no debe ser minimizado como un incidente aislado ni como un error de procedimiento.
Lo que presenciamos fue un acto con un mensaje explícito: «Nosotros imponemos las reglas. Aquí no opera la diplomacia ni la cortesía internacional. Si ustedes cuestionan nuestras acciones en Gaza, son enemigos.» Ese disparo fue más que un proyectil: fue una declaración de guerra contra el principio mismo de la mediación internacional.
Las balas no son diplomáticas. Menos aún las balas disparadas por el ejército israelí, un aparato que no opera bajo códigos del derecho internacional, sino bajo la lógica de la imposición militar. En este contexto, el binomio balas-ejército se transforma en un trinomio letal: balas, ejército, muerte. Y con ello, Israel refuerza su narrativa de impunidad: la muerte como política, la violencia como derecho exclusivo, el silencio impuesto a punta de armas.
Disparar contra una delegación internacional es un acto simbólico y táctico. Es decirle al mundo: «No necesitamos su aprobación. No reconocemos sus instituciones. Seguiremos con nuestras operaciones en Gaza, con o sin su presencia, con o sin su consentimiento.»
Este episodio debe ser analizado no como un error de seguridad, sino como una advertencia calculada. Israel no solo dispara sobre Gaza: dispara también contra el sistema multilateral, contra la diplomacia, contra todo aquel que cuestione sus métodos o denuncie sus excesos.
Si la comunidad internacional no responde con firmeza, mañana las balas no serán de advertencia. Y cuando la diplomacia es recibida con fuego, el silencio cómplice de las naciones solo alimenta la expansión del régimen del terror que se impone a través de la muerte.
Israel disparó también contra la ONU, contra los Derechos Humanos, contra toda forma de mediación. “No necesitamos su aprobación”, dijeron sin palabras.
Las balas del ejército israelí no son diplomáticas ni reconocen tratados. Son herramientas de dominación. Disparan no solo contra cuerpos, sino contra principios, tratados y consensos.
El binomio balas-ejército se transforma aquí en una trinidad brutal: Balas. Ejército. Muerte.
Y la diplomacia queda desplazada por el lenguaje del terror impuesto.
Ese disparo no solo apuntó al aire. Apuntó al corazón del derecho internacional. Fue una amenaza envuelta en pólvora, dirigida a las naciones que todavía creen en los procesos multilaterales.
Israel disparó también contra la ONU, contra los Derechos Humanos, contra toda forma de mediación.
“No necesitamos su aprobación”, dijeron sin palabras.
Si hoy son disparos de advertencia, ¿mañana qué?
¿Silencios forzados? ¿Bajas diplomáticas? ¿Más impunidad global?
La comunidad internacional no puede callar. Porque cuando se responde a la diplomacia con armas, guardar silencio es también disparar… pero desde la indiferencia. @aciprensa
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Y la diplomacia queda desplazada por el lenguaje del terror impuesto.