«Manual del Perfecto Paria: Poema en tono de comedia trágica para miserables con aspiraciones divina.
Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez / Don Nadie #MAAP
Así es como se forja un Don Nadie.
Así es como se construye la amargura
que luego llaman «problema espiritual».
Me encanta ser el telón de fondo que nadie aplaude.
Brillar, pero que me pongan una sábana encima.
Que el hielo social me abrace como un viejo amigo.
Que me hablen todos… y me escuchen ninguno.
Disfruto profundamente que me ignoren con elegancia,
que aplaudan al bufón mientras me encasillan como el tonto trágico.
¿Reconocimientos? Yo colecciono olvidos.
¿Premios? Prefiero ser el gran ausente de todas las galas.
Es un arte que me odien sin conocerme.
Una especie de talento místico que me pre-juzguen con tanta precisión divina.
Adoro ser el epítome del «no era yo, era otro más presentable».
Porque, claro, benditos sean los bendecidos.
Soy el elegido por Dios —pero para sufrir con estilo.
Un recipiente premium para todos los odios refinados del inframundo.
Una especie de mártir millennial con mala suerte y peor branding.
Mi mayor don: sabotearme a tiempo.
Antes de que el éxito me atrape con sus garras doradas,
yo mismo me empujo al abismo —por cortesía, por protocolo.
Y espero… sí, espero cada mañana ese pequeño milagro:
que alguien me mire, frunza el ceño y me recuerde
que ni mi ropa merece respeto.
Y aunque estudié y trabajé
para ganarme un nombre entre los vivos,
ya cerca del retiro contemplo con amargura
cómo los mediocres ganan galardones falsificados
mientras los que sangramos por dignidad,
comemos sobras… pero no cualquier sobras:
las que se raspan del fondo de las letrinas institucionales.
Porque cuando yo fui carnicero,
panadero sin horno propio,
vendedor ambulante de zapatos y cortinas,
bomberito de gasolineras en madrugadas sin luna,
nadie dijo “¡ahí va un hombre con futuro!”
Cuando pinté barcos en los astilleros
con más óxido en las manos que sueños en el pecho,
nadie se ofreció a profetizarme éxito.
Fui estibador de cajas, empacador de otros,
recibiendo propinas como limosnas en los supermercados,
mientras los de mi generación bailaban
con pantalones de marca y egos bien planchados.
Yo vestía lo que el tiempo no quería:
pantalones rotos…
y chinitas como zapatillas,
pero los pies firmes… y la dignidad intacta.
Y en esos días de incertidumbre económica,
sin salir de mi tierra ni pedir visa de compasión,
yo estudiaba de día
y de noche era cuidador de pacientes terminales en hospitales sin alma.
Oraba en silencio con los moribundos,
les sujetaba la mano en su último suspiro,
siendo yo el que recitaba la extrema unción
cuando ni el capellán apareció.
También fui el machigua invisible,
durmiendo en un catre de cocina prestada,
cuidando al esposo de mi tía —mitad hombre, mitad silencio—
paralizado por un derrame cerebral.
Lo bañaba, lo alimentaba, lo llevaba a terapia
mientras me ganaba unos reales
planchando ropa ajena
con el fuego que el sistema nunca me pagó.
No necesitaba emigrar para ser extranjero.
Ya lo era… en mi propia historia.
Así es como se forja un Don Nadie.
Así es como se construye la amargura
que luego llaman «problema espiritual».

con la convicción del que ya murió por dentro:
“Ni por un millón de dólares sirvo a un sistema eclesiástico.”
Y si Dios existe, seguro está ocupado…
porque en su lista de pendientes nunca aparecí.
Y así oré, espere en las promesas vacías, pero el Invisible, entendí tiene sus hijos predilectos, que aunque asesinos y maleantes mundanos, basta para impresionar y subirlos al púlpito y ser catapultados.
Serví, oré, creí, y esperé como un soldado sin rango,
en una congregación donde la Fe es mercancía
y el “servicio desinteresado” viene con factura vencida.
Entré a los 15 años de edad al Ministerio recién fundado, en un rancho de techo, donde los asientos eran bancas de madera sin respaldo, en la esquina donde estuvo una vez Ana la mentá Americana;
con hambre de verdad y me alimentaron con rivalidades,
competencias disfrazadas de unción
y promesas vencidas al pie del púlpito.
Fui útil… pero solo cuando no estorbaba.
Amé… pero eso no figuró en el boletín de actividades.
Le dije un día al Pastor líder del dinero,
con la convicción del que ya murió por dentro:
“Ni por un millón de dólares sirvo a un sistema eclesiástico.”
Y si hoy no me he quitado la vida,
no es por temor ni esperanza:
es por el residuo de fe que impide
que hasta mi final sea útil para un bochinche evangélico.
No necesito oraciones públicas ni campañas hipócritas.
Solo me basta saber que aún sin iglesia,
Dios sigue siendo Dios.
Y si alguna vez resucito, será por gracia… no por iglesia.

Y como si todo eso fuera poco…
¡también tuve tiempo para ser patriota!
Pelear —sin sueldo ni beca internacional—
contra la dictadura militar de turno. Me enfrenté a los doberman de Manuel Antonio Noriega; Mayita lo sabe.
Allí estaba yo,
blandiendo pañuelitos blancos como espadas de dignidad,
entre bombas lacrimógenas que entraban directo al alma.
Cruzada Civilista, le decían.
Yo le llamaba el arte de tragar gas y seguir con fe rota.
Desde la trinchera improvisada de la Universidad,
entre la Samuel Batista y la histórica Transístmica,
lanzábamos consignas con pulmones prestados,
soñando con un país que hoy nos escupe con elegancia burocrática.
Así, entre el uniforme invisible de obrero
y el pañuelo blanco manchado de historia,
aprendí a ser Don Nadie con matrícula nacional.
Porque eso, queridos mortales, eso… es felicidad satírica.