Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez / Periodista-Criminólogo
En el bajo mundo los adolescentes y jóvenes delincuentes se cubren el rostro al tomarse fotos y autoretrato (Selfies) para ocultar su identidad facial de modo que su reconocimiento e identificación sea difícil de señalar, de ellos cometer en algún momento de su vida un delito que los imputen ante las autoridades.
Sin embargo como jóvenes que son en su afán de buscar reconocimiento y aceptación social participan de todas las tendencias y modas que la sociedad crea para alimentar el ego y el narcisismo personal.
Estos jóvenes en conflicto con la ley se promueven a través de las redes sociales, escenario donde ellos piensan y fungen ser influencer de un líderazgo y modelo a seguir dentro de la sub cultura criminal (pandillas o bandas) donde viven y tienen sus seguidores.
La juventud con este perfil criminal ignora que su identificación se hace fácil por otras señales que su cuerpo denota: Boca, labios, orejas, mentones o quijada, cicatrices faciales, tatuajes en brazos, su vestuario que define su forma corporal y su estilo personal, en fin, otros elementos de su fisonomía y anatomía que la gorra o las manos no logran cubrir.
Además, el escenario donde se toman la foto o selfies es un factor que sirve para identificar el entorno o el ámbito social donde se mueven o actúan los delincuentes.
Aparte, para lograr la identificación de una persona existe en criminología la técnica de la antroprometía, con ella se logra establecer la identidad mediante bases científicas como: lofoscopia, odontología, análisis de ADN, así como parámetros antropométricos, características individualizantes (talla y masa corporal, eventos médicos), aspectos fisonómicos específicos, características corporales ocupacionales entre otros, que en forma integrada dan la certeza sobre la identidad plena de una persona.