Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez / Periodista~Criminológo
Constantemente me pregunto y quizás con algo de rebeldía ideológica contra los «líderes» de las Iglesias: «¿Porqué si la Salvación es un Don de Dios, hoy al igual que en la época pre Lutero (1483 – 1546), se predica un Evangelio del hacer y dar para recibir las bendiciones de aquél que nos amó y nos llamó de las tinieblas a su luz admirable».
Observo a menudo que se proclama un Evangelio basado en «el que no hace esto o aquello está bajo maldición». Es más, se llama a ayunos largos con el pretexto falaz, que realizando esa práctica espiritual se rompen las maldiciones o aún peor, que si no das plata, no se activa la Palabra de Dios y esa manipulación te la manejan con el sella, pacta, siembra, diezma y ofrenda, porque sino, no hay eficacia en la Palabra proclamada.
Tengo entendido (creo tener la mente de Cristo) que Dios a través de la muerte y resurrección de Cristo “nos redimió de la maldición de la ley”, (que es la pena de muerte establecida en Génesis 3 -todos están destituidos de la Gloria de Dios-) y nos restablece a la comunión con Él, por medio de su sangre; y no como en la época papista donde al mejor estilo de la mafia siciliana se vendían bulas eclesiásticas a raíz de una campaña para reparar la basílica de San Pedro, centradas al principio en el comercio de bulas (1520) y que con esto se aseguraba la Salvación del alma.
Pablo en el libro de Gálatas 3:10 sobre esta maldición dice: «Porque todos los que son de las obras de la ley están bajo maldición. Porque escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas que están escritas en el libro de la ley, para hacerlas. Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente; porque: El justo por la fe vivirá, y la ley no es de fe, sino que dice: El hombre que las hiciere, vivirá en ellas. Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque escrito está: Maldito todo aquel que es colgado en un madero), a fin de que la bendición de Abraham viniese sobre los gentiles a través de Jesucristo; para que por la fe recibamos la promesa del Espíritu».
De igual forma en Colosenses 2:14, Pablo el Apóstol (según el mismo es un abortivo) dijo: «Ya vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados ya las potestades, los exhibió publicamente, triunfando sobre ellos en la cruz».
Si esto es así, entonces Pablo concuerda en todos sus escritos en lo tocante a la redención de toda la humanidad, frente a la maldición de la destitución del Huerto del Edén (Génesis 3) que la Justicia es por medio de la fe: «Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas, la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él, porque no hay diferencia de heno, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, una causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar su Justicia en este tiempo: para que él sea el justo, y el que justifica al que es de la Fe de Jesús. ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. Por qué? Por la de las obras No, sino por la ley de la fe. Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley» (Romanos 3: 22).
En el proceso de la Salvación y Justificación del hombre, Dios a través de Jesucristo realiza cuatro operaciones en una sola (Lavados, Santificados y Justificados, Glorificados):
1. Nos redimió de la maldición de la separación con él.
2. Nos exime de ser salvos por las obras de la ley (no se hacen obras para recibir bendiciones) y anula el acta que nos era contraria.
3. Nos hace herederos de Salvación y beneficiarios de todas sus bendiciones.
4. Nos promete la vida eterna, nos libra de la ira venidera que se cierne sobre el mundo incrédulo.
«Y esto erais algunos de vosotros; mas ya sois lavados, ya sois santificados, ya sois justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios» (1 Corintios 6:11).
Herederos de Dios
«El Espíritu mismo da testimonio a nuestro y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con El a fin de que también seamos glorificados con Él» (Romanos 8:16-18).
En consecuencia para recibir las bendiciones de Dios, no se requiere otra cosa que solo creer en Jesucristo como el único y suficiente Salvador personal: «(…) Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo» Romanos 10:9.
El Orden o la PRIORIDAD de Dios para bendecir al hombre, lo registra el Apóstol Mateo en su Evangelio: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal» (Mateo 6:33).
Buscar el reino de Dios y su Justicia (Jesucristo) es la base para recibir la bendición de Él.
El apóstol Pablo explica el porque eso es así: «El Amor de Dios por la humanidad lo llevó a ofrecer en sacrifico a su Unigénito hijo: «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificado en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si estando de enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida» (Romanos 5:9-11).
Y encima de la bendiciones de la reconciliación, Pablo puntualiza otras bendiciones que trascienden a las materiales, aquellas que aún no le hemos pedido en oración al Señor: «Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, Son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos reveló a nosotros por el Espíritu; Porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios (1 Corintios 2:9-10).
Cuando leo estos pasajes me siento consolado y consolidado en la Fe al saber que para Dios, basta solo con creer y recibir a su hijo Jesucristo como el Señor y Salvador. Todo lo demás es comercio de la Fe y doctrinas del anticristo que con mentiras apartará de la fe a muchos: «Pero el Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe, prestando atención a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios, mediante la hipocresía de mentirosos que tienen cauterizada la conciencia (….)» 1 Timoteo 4.1
Con todo lo anteriormente dicho, y cuestionando el espíritu de codicia y de maldiciones con que se predica hoy, me atrevo a decir que estámos frente a pastores y ‘apóstoles’ mercenarios de la fe, a quienes sólo les interesa su bienestar, mientras sucumben al creyente bajo un régimen de maldiciones: ‘sella, siembra, pacta, activa la palabra para que seas bendecido’, con lo que niegan al Señor que los liberó de todas las maldiciones de la Ley.
Es por ello, que hoy al cristianismo no le basta solo con creer en el Nombre del Señor Jesús para ser salvos, sino que, por esos mercenarios de la Fe (falsos apóstoles) se ha introducido en la Iglesia del Señor la doctrina de las obras de la Ley -o el hacer sacrificios- para ser merecedor de las bendiciones de Dios.
Pretender obtener un favor de Dios bajo estas premisas doctrinales falsas es blasfemia contra el Autor de la Salvación, pues lo que Dios no concede en oración, tratar de obtenerlo resulta en desobediencia a su voluntad.
Hay que tener claro el concepto de «Bendición», para no caer en las tentaciones que ofertan los falsos maestros de la Palabra. Bendición es una Palabra Hebrea «Braja» que significa bendecir, adorar. Bendecir en Hebreo implica ser investido de poder para alcanzar el éxito, la prosperidad, la fecundidad y una larga vida.
Ser bendecidos no solo comprende cosas temporales como la salud, los bienes materiales y el bienestar familiar, entre otras, sino también las bendiciones espirituales y eternas como la Salvacion, la vida eterna, el cielo que será nuestro hogar y morada por siempre.
La Biblia dice que el único sacrifico que Dios acepta de todo ser humano para ser bendecido es la entrega de su corazón. El Rey David en el Salmo 51: 16 lo deja claro: «Porque no te deleitas en sacrificio, de lo contrario yo lo ofrecería; no te agrada el holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás. Haz bien con tu benevolencia a Sion; edifica los muros de Jerusalén».
Entre tanto que se dice: «Si oyereis hoy su voz, No endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación» (Hebreos 3:15).
La bendiciones de Dios para todo ser humano están determinadas por su puro beneplácito: “Bendito sea el Dios y padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos BENDIJO CON TODA BENDICIÓN espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo» (Efesios 1:3-4).
Dios prometió a Abraham bendecirlo, a su descendencia y a nosotros : «De cierto te bendeciré y multiplicare tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que esta a la orilla del mar y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos. En tu simiente(que es Cristo) serán benditas todas las naciones de la tierra por cuanto obedeciste mi voz» (Génesis 22:17-18).
Esta promesa fue transmitida a su hijo Isaac, Isaac la transmitio a Jacob, Jacob a sus hijos, y Cristo nuestro Redentor y Salvador es descendiente de Abraham, Isaac y Jacob por ende nosotros somos sus descendientes y herederos de la Bendición.
Abraham es el padre de la fe y nosotros los creyentes somos linaje suyo: Por tanto es por Fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda la descendencia, no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham el cual es padre de todos nosotros. Romanos 4:16.
Desde esta perspectiva de la herencia de las Promesas que recibimos de la fe, como hijos de Abraham, Preguntó: ¿Porqué se somete al pueblo cristiano, a la Iglesia del Señor a pagar sacrificios económicos (diezmos y pactos financieros), y espirituales como si la bendiciones de Dios son condicionadas?
En este aspecto de los pactos financieros y el pago de los diezmos, se deja claramente sentado que en Abram todos pagamos los diezmos; en Hebreos 7 se puede leer: «Y por decirlo así, en Abraham pagó el diezmo también Leví, que recibe los diezmos; porque aún estaba en los lomos de su padre cuando Melquisedec le salió al encuentro. Si, pues, la perfección fuera por el sacerdocio levítico (porque bajo él recibió el pueblo la ley), ¿qué necesidad habría aún de que se levantase otro sacerdote, según el orden de Melquisedec, y que no fuese llamado según el orden de Aarón? Porque cambiado el sacerdocio, necesario es que haya también cambio de ley; y aquel de quien se dice esto, es de otra tribu, de la cual nadie sirvió al altar».
El Apóstol insiste en su carta a los Hebreos, capítulo 10 que el sacrificio de Cristo es completo y eso solamente basta para ser bendecido: «Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber dicho: Este es el pacto que haré con ellos Después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones, ,y en sus mentes las escribiré, y añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones. Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado.
Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios».
En conclusión todo cristiano o hijo de Dios, no es bendecido por lo que haga a favor de Dios, ni por su vida de santidad o por sus pecados cometidos tras ser redimidos, ni por ninguna razón humana que pretenda mover a Dios en su misericordia o favor. Todo cristiano es bendecido por Dios desde el momento en que se convierte a Jesucristo y automáticamente se hace merecedor de todas las mercedes que implican su GRACIA SALVADORA.












