Dios libera de la pobreza a la gente de los Guetos

Por: Marcos Aurelio Álvarez Pérez / Periodista~Criminológo

El Gamín del Gueto conoce las tristezas y nostalgias que guardan las paredes de las multifamiliares deterioradas y carcomidas por el largo tiempo. Sabe de los miedos que entrañan las largas y oscuras escaleras, que paso a paso se vive sobre cada escalón que se sube por los piso de esos edificios de Curundú.

Una gotera aquí y otra allá se filtran de las losas en cada piso que se sube, sortear el agua estancada es un acto de malabarismo (y cuidar de no caerse) cada vez que llueve junto a otras aguas servidas de tuberías ya rotas por el uso de más de 50 años.

En esas escaleras se combina los olores de la marihuana y el sofrito de un rico arroz y carne que una madre de familia prepara para sus hijos. 

Un estruendoso ruido de música alegra los entornos, a veces no se sabe qué música escuchar, todos los vecinos compiten entre sí para ver cuál tiene el mejor equipo de sonido.

La violencia intrafamiliar no es un fenómeno nada extraño en esos interiores. Un niño es golpeado por sus padres, sabe Dios por que razón; una mujer sufriendo porque su marido no le dejó para cocinar o porque le es infiel con su propia hermana; o una madre que no cesa de llorar la muerte reciente de su hijo asesinado por las pandillas rivales o por un ajuste de cuenta. 

En Curundú las balas se hicieron parte de los ruidos ambientales, cuando se oye la detonaciones solo se escuchan después: «Le dieron Orito». Se oyen los gritos desgarradores de una madre, hermanas e hijos diciendo no te mueras Orito. Las sirenas,  los retenes y allanamientos son la tónica de esos episodios.

Una madre que cuenta los reales que consigue para llevarle bolsas de comida a su hijo preso en algúna cárcel de la ciudad.

Una joven de esas que no faltan, mira a lo lejos sentada en una esquina con su barriga en formación, con lo que su impulsos sexuales y coqueterías de mujer fueron aquietados por un villano que luego de prenatal dice: «Ese no es mi hijo».

Es contante ver a las mujeres andar con lista y su lápiz vendiendo su rifa o cobrando el Susu, con lo que se ayudan a mejorar los ingresos familiares.

Para sobre vivir en los Guetos hay que tener muchas veces una mente firme sobre la identidad de quien eres, hacia donde vas y con quien caminas tomado de la mano: Jesucristo.

En los Guetos cuando la fuerza de la marginación social te aísla, es duro mantener la frente en alto, donde ni el hambre, ni la escases te pueden doblegar, porque aunque camines por un tiempo en la penumbra y las sombras, tarde o que temprano, todo lo sufrido pasa y termina. Ante ello, la misma miseria humana, nos enseña que si te caístes, te puedes volver a levantar, pués las caídas son el testimonios que también estuviste de pies.

Cada circunstancias sí se tiene una mente abierta, nos indican que Dios es fiel y no cesa de bendecir.

Han pasado alrededor de 30 años desde que el Señor Jesucristo sacó al Gamín del Gueto de Curundú y le dió un destino de vida y paz. Y le dió está promesa de su Palabra: Job 8:7: «Y aunque tu principio haya sido pequeño, Tu postrer estado será muy grande».

Cuando vuelvo a subir aquellos oscuros pasillos, y bebo una tasa de café en el apartamento de mi hermana Maribelis, medito en que la única diferencia que existe entre la pobreza y la prosperidad, es cómo te sientes con lo que eres en Dios, y no lo que la sociedad trata de etiquetar en tu mente: eres lo que tienes.

«Tú guardarás en completa paz, a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado. Confiad en Jehová perpetuamente; porque en el Señor Jehová está la fortaleza eterna. Porque derribó los que moraban en lugar alto; humilló la ciudad enaltecida, la humilló hasta la tierra, la derribó hasta el polvo». Isaías 26:4

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