
Por: Marcos Aurelio Álvarez
Pérez / Periodista Criminólogo
Corría el año 1984, y una noche de aquellas familiares en Santa Librada, una de mis tías adoptiva, nos pidió a mi y a su hermana (juntas las dos hasta su muerte) que la acompañáramos a buscar a su hijo. Él, aunque ya era egresado de una Academia de Aviación de la República de Argentina, luego de su regreso al país, tras culminar sus estudios, le dio las espalda a las Fuerzas de Defensa, toda vez que en lugar de nombrarle como subteniente (porque ese era su rango de graduación), le nombraron asistente de policía. En esa decepción que sufrió se desapareció de la casa de su madre y recurrió a donde sus amigos o compinches que afectaron su vida, llevándole por caminos para nada buenos.
En esos avatares de la vida, en la búsqueda y rescate de mi primo y hermano en la Fe (hoy un gran hombre y pastor del Señor Jesucristo) fue cuando regresé a la Calle Pedro Barrio (o Pedro de Obarrio) donde a mis 19 años de edad, comencé a predicar el Evangelio de Jesucristo. Esa Calle ubicada en el corregimiento del Chorrillo, me cautivó. Tenía un deja vu (término francés que significa “ya visto”), de repente por mi conexión con ella durante parte de mi infancia, donde había una tienda de tableños donde de niño acudía a hacer mandados. Mi madre y mis hermanos fuimos a vivir por situaciones difíciles de la vida (divorcio) a la calle 21 Chorrillo (aunque fué corto el tiempo que allí vivimos), ese lugar quedó impregnado en mi corazón.
En la Pedro Barrio los días transcurrían sin mayores novedades. Nada nuevo sucede, solo el sobresalto de alguien que enloquecía, alucinaba o regresaba corriendo de robar. No había balaceras, no se liaban los problemas con las pistolas y las balas. Eso sí, las riñas eran comunes, y siempre uno que otro apuñalado.
A la tienda de los santeños, que para ese momento aún existían (no eran de Chinos) entraban a comprar toda la gente que habitaban los viejos caserones (condenados a su demolición) e incluso los residentes de Patio Pinel, sin que faltara el típico drogadicto que entraba a comprar su pan con queso y su soda, para desayunar y así evitar que la pálida les diera (consumir droga, marihuana, piedra o crak con hambre debilita).
En esa condición conocí a Cuatro Libra y a Camilo, unos de los más renombrados de todos los calientes del gueto (lugar donde nadie entra y nadie sale sin pagar su factura), ellos dos al igual que todos los consumidores clamaban siempre que les diera la bendición: «Siervo deme ese Dios te bendiga». Con eso entendí que todo hombre sucumbe por ser aceptado en su dignidad e imagen (aspecto).
En la Pedro, como se le llama de cariño, la gente deambula de arriba para abajo, de una esquina a otra, dando pasos rápidos muchas veces, hasta calistenias eran realizada por los típicos `piedreros`.
Nunca olvidaré aquella Cantina llamada » 7 amores», que permanecía abierta las 24 horas del día, allí entraban como Juan por su casa tutilimundi, sitio donde acudían todos los que necesitaban refrescar el vicio con alguna cerveza. En esa esquina años más tarde siendo estudiante graduando de la Escuela de Periodismo de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá (1991), escribí mi primer reportaje periodístico: «Que es la Calle Pedro Barrio», una calle de la ciudad, para ganarme una nota de pase de la materia de Periodismo de Interpretación. Mi sorpresa fue que el Profesor Agustín Del Rosario (Q.E.P.D.) me dijo: «Tienes A. Pero lleva este escrito al Diario la Prensa para que te lo publiquen», y así lo hice, como bien mandado. El 18 de diciembre de 1991 el artículo salió publicado en página entera y con un titular de oreja en la portada del Diario La Prensa.
La Pedro Barrio me enseñó en la práctica lo que la Biblia dice: «Donde abundó el pecado, sobre abundó la gracia» Romanos 5:21. Si la Gracia de Dios hizo que pudiera entrar a donde se escondían los viciosos a preparar su piedra, philin, su básuco, y la inyección de heroína o la inhalación de la cocaína. Ellos, los consumidores me decían de contínuo: «Siervo usted es de alante, alante, no tiene resquemor de estar al frente de nosotros, los desechos de la sociedad».
Día a día recorría las calles de la Pedro Barrio, ya fuera porque charcoteba por esa calle en las madrugadas (4:30 a.m.) para dirigirme a la Panadería Panino, donde trabajaba como panadero, o ya fuera porque de continuo, como un vicio de estar allí, iba a predicar el Evangelio.
Vi morir a muchos en sus vicios y violencias (aunque esos brotes eran incipientes para esos momentos), siempre me decían los brother: «Siervo yo voy a a Él (Jesucristo), pero no estoy listo. Dios sabe cuando ese día va a llegar a mi vida, para entregarme a Él».
Recuerdo una tarde en la casa de la familia Cerrud, la cual solía visitar, encontré a Minguito (Domingo) peleando con su hermano David, a quien iba a apuñalear. Cuando entré al cuarto me le arrojé a Minguito y éste con una voz estentórea de un endemoniado me gritó: «Es a ti a quien quiero matar». Y fue cuando «nos embolillamos a dame que te doy», lo amarraba con mis manos y le ordenaba a los demonios que salieran de él. Los puñetes de control no escasearon. A la voz que le daba a David: «Dame aceite», rodabamos ambos las escaleras del viejo caserón. Mientras Minguito iba siendo liberado y confesando: «Jesús me ama», éste me pedía a gritos dame agua que me quemo. Y así, una y otra vez, fueron siete los episodios de desmayos que sufrió Domingo Cerrud hasta que fue liberado para la Gloria de Dios. Y de esta forma, esa vida dejó los caminos de la perdición para ir al camino de la vida en Cristo Jesús, al igual que su Hermano David.
En la Pedro Barrio aprendí a amar y a ganar almas para Cristo. Fue allí donde recibí el título de Pastor Callejero del Gueto.
En la Pedro los años pasan, pero sus calles y paredes se niegan a morir a su pasado. Allí quedan aún los recuerdos de la Fonda Santeña, donde la Carmen Wendel (Q.E.P.D) cocinaba su rico sopón de porotos con rabitos, sopa de lentejas y la sopa de pata de vaca. A ella también le testifiqué del Amor de Dios, porque a los homosexuales nadie para esos días se atrevían a predicarle (Síndrome del macho con la identidad pérdida u homofobia).
La Pedro Barrio fue el inicio del Ministerio Callejero que emprendo con los niños y jóvenes que nacen en riesgo social y viven en conflictos con la ley. A ellos les vendo (Isaias 55) Un Proyecto de Vida denominado: «Quien seré yo de aquí a cinco añosños», casado con la Fe en Jesucristo, sin el cual nada podemos hacer.

